Veinticuatro

los cimientos volaron hacia lo alto
las alturas se precipitaron a lo profundo
Libeň, noviembre–diciembre de 1916
Ladislav Klíma, en: Bohumil Hrabal: Bodas en casa

La casa que estaba buscando daba, en general, una impresión agradable; delante de la puerta había una farola de gas, la acera pavimentada con adoquines debía de haber sido levantada hacía mucho tiempo, y la zanja había sido cubierta de nuevo recientemente. La farola ya estaba encendida, pude ver que el número era el correcto: veinticuatro. Entré. El zaguán olía a vino derramado y a frío. El revoque se desprendía de las paredes húmedas como una masa hojaldrada. Al salir al patio apenas logré apartarme de un salto. Una mujer rubia, en sujetador y pantalones morados, vertía agua a cubos hasta los alféizares de las ventanas, y luego la hacía correr con una escoba hacia el pequeño desagüe. Avancé chapoteando por un largo charco hasta la escalera, subí seis peldaños y llegué a un segundo patio, más pequeño. Arriba apareció una galería adornada con barandillas de hierro fundido que recorría el primer piso, y sobre él se alzaba el muro del edificio vecino: nada más que un muro desnudo de dos plantas de altura, con el revoque desmoronándose, un muro gigantesco sin ventanas, tan largo que aplastaba la casa con su corredor exterior y con la ventana iluminada. A la izquierda había un armazón para sacudir alfombras y, detrás, la puerta abierta del lavadero bostezaba y exhalaba olor a detergente y a alcantarilla. Y seguí adelante, seducido por aquella luz del piso bajo, la luz fría de la lámpara que podía subirse y bajarse. En contraste con la atmósfera agradable del pequeño patio, aquella ventana del bajo irradiaba tal frialdad que me hacía tiritar. Dos madreselvas crecían delante del muro recorriendo los alambres tendidos a través del pequeño patio; sus tallos y zarcillos colgaban y luego se replegaban y volvían a crecer hacia arriba, rozando fácilmente mis hombros, y reuní el valor suficiente para acercarme a la ventana.

Me alojaron en Libeň, v Domě Vědeckých Pracovníků, en la Casa de los Trabajadores Científicos, así se llamaba al menos entonces la torre de hormigón de diez plantas que se alzaba como un obelisco solitario en las afueras de Praga, en lo alto de una colina, en medio de un campo improbablemente vacío, por encima de viñedos, praderas, pequeñas casas de campo y la autopista que discurría a lo lejos. La calle Vysočanská continuaba serpenteando desde Sokolovská; pronto quedaron atrás los carteles de «Cuidado con el perro» y «Prohibido el paso», el camino de tierra seguía campo abierto adentro, y tuve que volver dos veces para preguntar si estaba bien informado. Pero antes de eso, y antes de todo lo demás, quería hacer mi peregrinación a la casa que entonces significaba para mí Libeň y Praga, toda la fuerza buena y creadora, gracias a la cual era posible imponerse al mar del mal de aquella época.

Seguí un mapa relativamente nuevo, el mejor que podía comprarse en Budapest, pero en aquel momento, un año después de la revolución, ya había sido superado por la realidad; Praga estiraba sus miembros agarrotados como si acabara de despertar de un sueño aturdido tras una fiesta confusa y borracha, el tejido de las calles se resquebrajaba, los cimientos volaban hacia lo alto, las alturas se precipitaban a lo profundo. Yo buscaba Na Hrázi, la calle del Dique, el Dique de la Eternidad, como la llamaban Hrabal, Vladimír y Egon Bondy, a la entrada de Libeň, cerca del remanso del Moldava, donde Tekla, la condesa húngara, la esposa de Vladimír,

se bañaba desnuda al mediodía, los pescadores lanzaban sus redes en vano, un ciclista atravesaba volando las malezas de la ribera y se arrojaba voluntariamente al agua, qué cuerpo tenía, eh, dime, qué cuerpo,

pero no pude continuar por Zemklová, porque era de sentido único en dirección contraria, solo para tranvías. Aparqué el Trabant en la pequeña terminal de autobuses detrás de la recién construida estación de metro de Palmovka, donde encontré un hueco libre entre los bordillos nuevos colocados torpemente y los montones de escombros, y al bajar del coche supe de inmediato que estaba en el lugar correcto porque el gran edificio marrón de cinco plantas, con sus ventanas vacías y boquiabiertas, con los comercios del bajo cerrados y con el globo art déco y la inscripción SVĚT, hechos de hierro oxidado en lo alto, aquel edificio era

el autoservicio, palacio, restaurante y cine llamado «Mundo», adonde íbamos a todas las proyecciones. En aquel barrio llamado Židý había una finca cuyo propietario se llamaba Mundo. Tras largas cavilaciones, llegó a la conclusión de que no era casualidad que se llamara Mundo. Así que vendió todo lo que tenía, incluso contrajo un préstamo, y construyó el palacio Mundo. En el estreno del cine se proyectó una película estadounidense, El diluvio. Mientras en la pantalla caía una lluvia torrencial y el arca de Noé flotaba en medio de la tempestad, el agua subterránea del Moldava irrumpió en el sótano del cine; el público estaba sentado en el agua, pero la película tuvo que proyectarse hasta el final. Así fue como el señor Mundo dilapidó un millón de coronas en el cine Mundo. Se pegó un tiro. Ahora se oye el funcionamiento de las bombas bajo cada proyección, y el edificio está coronado por un globo de hierro y la inscripción «Mundo».

Pero la callejuela no tenía nombre, así que avancé por Na Žertvách; después de la sinagoga giré a la derecha, luego otra vez a la derecha por U Synagogy, a la izquierda por Ludmilina, y entonces estaba ya en Na Hrázi; la numeración de las casas aumentaba por el lado derecho: dieciocho, veinte, veintidós, y entonces llegué a la pequeña terminal de autobuses detrás de la recién construida estación de metro de Palmovka, donde, en el lugar del número veinticuatro, entre los montones de escombros, tan lejos de los nuevos bordillos colocados torpemente como la entrada de un edificio, estaba el Trabant como un viejo caballo benévolo y paciente que cada noche llevaba al cochero borracho Hausmann exactamente hasta la puerta de su casa en Běrkovice. Y entonces comprendí que llegaba tarde, que la inundación del tiempo había salpicado el Dique de la Eternidad, las alturas se habían precipitado a lo profundo, en la cavidad de la estación de metro de Palmovka, y los cimientos ya para siempre

flotan sobre nosotros como las nubes de los edificios ideales en una pintura barroca.

[Las citas proceden de las obras autobiográficas de Bohumil Hrabal, ambientadas en su mayor parte en Libeň: la trilogía Bodas en casa y El tierno bárbaro, la novela suya que más me ha gustado y por la que apendí checo.]

Add comment