
![]()
La barca con los dos jóvenes nobles es zarandeada en un mar tempestuoso. Son perseguidos por la galera de los indios paganos que luce una sanguinaria cabeza de buitre en la proa, y por todas partes hay tantos otros animales que acechan a los viajeros piadosos: en la estela de la nave, una ballena con terribles dientes en sus fauces abiertas; en la orilla, un león y una leona; en la otra orilla, una bestia negra indeterminable, un oso o una pantera, que queda muda de espanto al ver a la bestia que es más malvada que cualquier otra, el ser humano, del cual dos ejemplares particularmente crueles están precisamente en primer plano moliendo a estacazos a un pobre caminante. Sin embargo, los dos jóvenes nobles no tienen por qué preocuparse de todo esto, pues su barca es guiada por un ángel hacia un puerto seguro donde un magnífico castillo les espera en la cima del acantilado. La lección moral se lee a sus pies: Vor allem Orth beglückter Porth! – «De todos los lugares, el puerto es el más feliz», es decir, «bueno es viajar, pero mejor es llegar», o bien, «en todas partes se está bien, pero en ninguna como en casa».

Ahora bien, ¿dónde ubicaríamos este puerto feliz? Se ve inmediatamente hasta qué punto debe entenderse en un sentido moral si lo comparamos con algunos grabados contemporáneos. Pero el magnífico castillo existe realmente. Así (abajo) es como se yergue desde 1719, cuando los príncipes Dietrichstein lo reconstruyeron tras un incendio. Sin embargo, no está en la orilla del mar, sino en las colinas de Moravia, en la actual frontera checo-austriaca. En Nikolsburg, es decir, Mikulov.
El castillo de Nikolsburg en una litografía coloreada de comienzos del siglo XIX, visto desde la Colina de la Cabra (en primer plano, los tejados del célebre barrio judío de Nikolsburg)
Según la fecha de 1725 que aparece en el borde del paisaje marino, esta vista debió de ser una auténtica novedad en aquel momento, y quizá por eso fue incluida en la pintura, que tal vez fue encargada expresamente para las fiestas de inauguración del Club de Tiro de Nikolsburg, que la utilizó como blanco festivo.
El club de tiro lo formaron de manera espontánea en abril de 1645 noventa burgueses armados que se habían unido a la Guardia Dietrichstein para proteger el castillo del asedio del ejército sueco. No lograron resistir el cerco, pero en 1656 recibieron por su valor una bandera, y en 1709 el Príncipe les concedió un campo de tiro propio. En 1828 su casa de madera fue sustituida por un edificio de piedra, cuyo atractivo se vio incrementado además por contar con su propia taberna.
Nikolsburg en un mapa de 1826. En el centro, en rojo, el castillo; al este, el Heiliger Berg (la colina del Calvario); al norte, la Colina de la Cabra. Ningún rastro de mar.
Ya hemos visto, y veremos también más adelante, cuán enfáticamente está presente la idea de «un mar propio» en el pensamiento de la Bohemia sin litoral. Un bonito ejemplo temprano de ello es este blanco de tiro que acabamos de ver. Incluso su inscripción parece hacerse eco de la expresión de Shakespeare, el creador del «mar de Bohemia» en su Cuento de invierno, donde los marineros sicilianos arrastrados por la tormenta pueden finalmente amarrar en la playa bohemia: «¡Costas benditas…!»
Vista desde la colina del Calvario hacia el sur, donde debería estar el mar. Abajo: el castillo y la plaza de la ciudad en postales de la primera mitad del siglo XX.




Add comment