
¿Qué es esta instalación tan fascinante, que por sí sola llena completamente una sala medieval del Museo de la Catedral de Milán, el antiguo Palacio Real? ¿Quizá una especie de estatua moderna de la Virgen María, como la que se erigió en los últimos años junto a la puerta del gueto romano, en la Capilla de la Rosa de Sión, ante la cual durante siglos los judíos locales tenían que escuchar cada sábado los sermones de los dominicos, para que tuvieran la oportunidad de convertirse?

No. Se trata más bien de ese tipo de construcción popular espontánea que se desarrolla y se ramifica paso a paso, sin ningún plan general previo, bajo la mano de artesanos locales, a quienes un encargo de una escala nunca vista les permite dar rienda suelta al niño que llevan dentro. Como el encofrado constructivista posmoderno de la iglesia de hormigón vista en Ucrania.

El destino inevitable de estas construcciones ad hoc es desaparecer, salvo cuando estaban destinadas a ser la estructura de soporte invisible de obras permanentes. Como la estructura de hierro de Milán, que no es arte contemporáneo, como podría pensarse a primera vista, sino un artefacto steampunk de hace doscientos cincuenta años. Se utilizó en 1770, durante la procesión del día de la Asunción, para hacer más ligera y transportable la enorme figura de la Virgen María elevada a los cielos. Su cabeza, tallada por Giuseppe Antignati, se ve a su lado en la exposición, al igual que el pequeño modelo que muestra cómo los pliegues de su vestido debían acomodarse siguiendo las líneas de fuerza, pulcramente soldadas aquí y allá en la estructura. Como ocurre con los encofrados ucranianos, la estructura secundaria resulta mucho más emocionante que la concepción final visible.
Esteban Salas (Santiago de Cuba, 1725–1803): Assumpta est Maria. Teresa Paz, Ars Longa de La Habana, Maîtrise de la Cathédrale de Metz




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