Otoño en Irán, minuto a minuto

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El plan original era llegar al aeropuerto antes del amanecer, alquilar inmediatamente un coche, dirigirnos hacia el oeste y, dos horas después, saludar al sol en el valle de Alamut, entre las montañas de los Asesinos. Pero viajar con fotógrafos es un asunto arriesgado. Con tantos artilugios, es imposible no dejarse en casa algo cuya falta vuelve inútil todo el viaje fotográfico. Por eso, desde el aeropuerto nos dirigimos a la ciudad. La rica zona norte de Teherán, donde se encuentra este tipo de cosas, no es madrugadora: las tiendas se desperezan tarde. Hacemos tiempo en el Tabiʿat, es decir, el Puente de la Naturaleza. El puente peatonal más grande del mundo es tan nuevo que ni siquiera aparece en las guías. Construido en el otoño de 2014 según los diseños —premiados— de una joven arquitecta de veintitantos años, enlaza los dos parques de picnic favoritos de Teherán, como si fuera la nueva plaza principal de la ciudad. Sus tres niveles están llenos de restaurantes y cafés de estilo moderno; por la noche pasea y cena aquí el «todo Teherán», una ciudad de trece millones de habitantes. Al alba solo vemos abierto un lugar de desayunos pero su oferta es un comienzo deslumbrante para nuestra excursión fotográfica de una semana por el norte de Irán. El sol naciente va añadiendo poco a poco color al panorama de los rascacielos del norte de la ciudad; unas nubes ligeras vuelan sobre la cumbre del Damavand. Irán da la bienvenida a sus huéspedes.


Después de Qazvin, la carretera gira bruscamente hacia el norte; serpentea y sube empinada hacia las cordilleras del Alborz. Cruzamos dos crestas; desde alturas vertiginosas miramos hacia abajo a dos valles. Unos pequeños humos se elevan desde las curvas de las colinas de color castaño rojizo; los diminutos pueblos de barro se aferran a los acantilados; hileras de álamos indican dónde aflora a la superficie el mayor tesoro de la región: el agua. Los rebaños pastan en las crestas de las colinas junto a la carretera. Esta vía estuvo antaño flanqueada por cincuenta y dos fortalezas de los ismailíes, que en 1090 huyeron aquí de los invasores selyúcidas: cincuenta y dos baluartes que formaban una muralla impenetrable alrededor del imperio ismailí de Alamut, y, en medio de él, el castillo de su imán, el Viejo de la Montaña. Cuando Freya Stark, en 1930, la primera entre todos los viajeros occidentales, recorrió esta ruta, encontró rastros de cada fortaleza. Incluso hoy no es difícil imaginar en los empinados riscos y crestas afiladas las fortificaciones que controlaban los valles, cuya conquista paulatina le llevó más de veinte años al ejército mongol.
 

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Al anochecer llegamos al pueblo de Gazorkhan, al pie de la fortaleza de Alamut. En la plaza principal del pueblo, en la mezquita de madera, se llora al imán Huseín con bellas melodías en rubato. Ayer comenzó el mes de duelo de Moharram, en cuyo décimo día, al anochecer de Ashura, el imán chií y sus seguidores fueron masacrados en Kerbalá por los mercenarios del cruel califa suní: la lamentación, las celebraciones de duelo y las conmemoraciones, como por estas fechas el año pasado, acompañarán todo nuestro viaje iraní. Los hombres conversan frente a la mezquita. Me acerco a ellos; nos preguntamos por la salud, intercambiamos frases hechas de cortesía perfectamente pulidas por la etiqueta persa milenaria, cosa que no permite ir al grano, ni a ellos ceder de inmediato a su curiosidad. Les pregunto por un alojamiento; me sugieren a Agha Rusuli, que tiene una «habitación bonita» vacía. Nos acompañan. El anfitrión nos recibe con té y nueces frescas. La casa tradicional de madera con porche está a solo una calle de la mezquita. Oímos con claridad el oficio conmemorativo de altas horas de la noche y luego la llamada a la primera oración antes del amanecer.


La fortaleza y los asesinos de Alamut se convirtieron en una marca en Europa gracias a Marco Polo. Según su relato, tomado de leyendas islámicas contemporáneas, Hassan-i Sabbah, el «Viejo de las Montañas», líder de los ismailíes nizaríes, influyó en la política del Próximo Oriente, asesinó —o forzó a humillarse— a califas, sultanes y jefes cruzados desde su inaccesible castillo oculto entre las montañas del Alborz, prácticamente sin ejército alguno, solo por medio de sus asesinos suicidas llamados fidaʿin, «sacrificados a Dios». Con ello dio un ejemplo imperecedero a los actuales terroristas suicidas musulmanes, que también se llaman a sí mismos fedayeens con idéntico eufemismo al acuñado por él. Según la leyenda, invitó a los jóvenes elegidos a una cena, al final de la cual los aturdió con hachís —de ahí el nombre Hashashin, asesino de la secta—, y los hizo transportar al jardín secreto del paraíso creado junto al castillo. Allí, las huríes excelsas y las delicias nunca experimentadas los convencieron de haber llegado de verdad al Paraíso gracias al Viejo de las Montañas. Cuando, al final del día, y tras una nueva dosis de hachís, volvieron a encontrarse en la mesa del banquete, juraron alegremente lealtad al Viejo, y afrontaron la muerte con entusiasmo, porque sabían que, a su vez, él volvería, y ahora sí definitivamente, a dejarlos entrar en el Paraíso.

Alamut ya no es inaccesible. A Freya Stark, que en 1930 fue la primera en seguir la pista de las leyendas de los Asesinos, le llevó meses llegar desde Qazvin al valle de Alamut, y allí algunas semanas más, hasta que, guiada por los lugareños, localizó el antiguo castillo. Con todo, solo pudo subir hasta allí un año después, cuando regresó con el equipo adecuado. Desde entonces la carretera que atraviesa dos empinadas cadenas montañosas ha sido asfaltada y se ha construido una escalera de cientos de peldaños en la ladera de la roca bajo la fortaleza. Los lugareños nos indican enseguida el sendero que lleva desde el final del pueblo al castillo, y el viejo pastor nos muestra incluso el campo desde donde se obtiene la vista más hermosa. Las murallas del castillo están en ruinas pero aún pueden restaurarse, y la «Fundación para Alamut» ha comenzado, al menos, a poner andamios. Desde arriba disfrutamos de una vista maravillosa del valle de Alamut rodeado de montañas, que ilustra con claridad por qué el castillo fue inaccesible durante siglos. El jardín del paraíso ya no se puede ver, pero su recuerdo lo conservan las verdes alamedas a lo largo de la red de canales, establecida por el Viejo de la Montaña para el desarrollo de la región y para abastecer a sus tropas. De bajada, nos encontramos con un guía turístico esloveno que va camino del desierto con su cliente también esloveno. Querían hacer a toda costa un desvío hasta el castillo. «Sabe, Alamut tiene un significado especial en nuestra cultura eslovena», dice. «¿Por la novela de Vladimir Bartol?», le pregunto, aludiendo al libro de culto esloveno de 1938. Me tiende la mano. «El hecho de que oiga esto de un no esloveno es, como poco, tan milagroso como estar aquí, en Alamut.»
 

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Las dictaduras no pueden sobrevivir sin campañas que una y otra vez unan al pueblo en el espíritu de los valores compartidos o contra el enemigo común. El lema de la nueva campaña iraní es zakat o sadaghe, la donación hecha con fines benéficos. El zakat es uno de los «cinco pilares» del islam suní y de los «diez mandamientos» del islam chií, es decir, de aquellos actos religiosos básicos que todo musulmán debe practicar. Parece que los ciudadanos iraníes no los practican lo suficiente, al menos a juicio del gobierno, porque en los últimos meses han aparecido vallas publicitarias a lo largo de las carreteras, allí donde viajamos en Guilán, con textos de este tipo: «El zakat y el sadaghe es un deber de todo musulmán.» El texto suele ir dentro de un fuerte marco octogonal, como una enorme señal de stop, para subrayar el mensaje. Al mismo tiempo, se han instalado por todo el país cientos de miles de cajas octogonales de recaudación, para que todo musulmán pueda practicar sin esfuerzo su deber recién reconocido. En las calles y en las paradas de autobús, sobre los mostradores de las tiendas y junto a las cabinas de peaje de la autopista hay tal cantidad de cajas de recaudación que con su precio podría haberse creado una seria fundación benéfica. Pero lo más inusual es que las cajas de recaudación también aparecen en casas particulares. En las casas campesinas guilaníes, dondequiera que pasamos la noche, está la caja del zakat sujeta a la columna del porche o a la pared de la casa. Las cajas se vacían cada mes, de modo que puede mostrarse fácilmente quién satisface y cuánto las exigencias de la campaña. «¿Y en qué se gasta el dinero recaudado?», pregunto a mis anfitriones. «Nadie lo sabe.»

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Según la entrada «Rice» de la Encyclopaedia Iranica, las dos «regiones verdes» costeras de Irán, Guilán y Mazandarán, aportan el 85% de la producción arrocera del país, la materia prima del chelo, el arroz con azafrán, la guarnición estándar para la carne asada al espetón. El fino dibujo de las terrazas de arroz cubre los valles fluviales y las llanuras costeras con un aire chino. A comienzos de octubre, los arrozales se han drenado y secado: ha comenzado la cosecha del arroz. Desde el amanecer hasta el crepúsculo, un zumbido persistente impregna toda la zona, como el de un escarabajo atrapado: el traqueteo de las máquinas trilladoras. Nos detenemos por encima del río; fotografiamos la geografía representada por las curvas de nivel de las terrazas. El campesino que cosecha en un terreno de apenas una hectárea nos invita, con un gesto cortés, a bajar, pues desde allí las montañas se ven mucho mejor. El arroz se cosecha con hoz; la trilladora, de la época del shah, la impulsa una motoazada de motor diésel; la paja de arroz ya trillada se transporta a lomos de burro hasta el pueblo aferrado a la ladera. Un camión para a la entrada del pueblo; una gran multitud a su alrededor: ha llegado el reparto semanal de bombonas de gas. Ancianas y ancianos arrastran las bombonas a la espalda por las empinadas calles: las manos trabajadoras y los animales de carga están ahora ocupados en otro trabajo allí abajo, en el valle.

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El último lugar habitado cuesta arriba, en el valle de Alamut, es Garmarud. Después del pueblo, la carretera estuvo hasta hace poco bloqueada por rocas; ahora asciende empinada cruzando la cresta del Alborz, hasta el mar. Nadie sabe cuánto de ella es transitable. ¿Hasta dónde llegaremos por ella? Más: De Alamut al mar.


La estrecha franja de la carretera costera está flanqueada por enormes montañas de un verde oscuro. Sus cumbres están cubiertas de densas nubes; de sus valles bajan arroyos hacia el mar. Como si la cantidad total de lluvia asignada a Irán cayera aquí, en la vertiente norte del Alborz, de modo que las regiones interiores, desde las laderas meridionales del Alborz hasta el golfo Pérsico, apenas reciban nada.

En la ladera, una pequeña cúpula se alza entre los árboles. Nos desviamos de la carretera para verla de cerca. La mitad del pueblo de Divshal está en el valle, a lo largo del arroyo, y la otra arriba, en la ladera. La mezquita está en esta última; su plaza estaba decorada con banderas para la festividad de Ashura. En cuanto nos detenemos allí, los lugareños aparecen en las puertas de sus tiendas. Nos observan en silencio. Probablemente ningún extranjero ha visitado jamás este pueblo. Cuando pasamos ante ellos y los saludamos, cobran vida y nos ofrecen té y pan recién hecho.

La carretera está, en su mayor parte, flanqueada por las casas tradicionales de madera de Guilán con veranda y balcón. Al salir del pueblo, se alza en una colina pequeña un pirkhâne, la tumba de un hombre santo. La cúpula que vimos desde la carretera pertenece a ella. A su alrededor, banderas de colores ondean en una cuerda, como si fuera un templo tibetano. El jinete en la bandera negra junto a la entrada es Abolfazl, el héroe de Kerbala.

La carretera se adentra en las montañas, pero no está en absoluto desierta. Una y otra vez aparece gente en ella: motoristas, a veces con tres o cuatro pasajeros; jinetes; burros cargados con sacos. ¿Qué densidad de población habrá en las montañas? Al llegar a la curva y mirar hacia abajo al valle, comprendemos la razón. Bajo los árboles, toda la ladera está cubierta por un único tipo de sotobosque: arbustos de té, plantados en filas bastante regulares. La vertiente norte, guilaní, del Alborz, a lo largo de todo el mar Caspio, es una inmensa plantación de té. El cónsul persa en la India, Kashef-ol-Saltane, que hacia 1900 introdujo el té en Guilán, es hoy venerado como un santo chií. Su mausoleo en Lahijan lo visitan peregrinos de toda la provincia.


 

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La puerta de la mezquita de Chahar Padeshahan, es decir, de los Cuatro Reyes, en Lahijan, es una auténtica trampa para viejos. Su basamento bajo es un asiento cómodo desde el que se puede vigilar tanto el tráfico del cruce como el de la Gran Mezquita y el bazar, al otro lado de la carretera. Los ancianos nos observan ahora, mientras entramos en el patio de los Cuatro Reyes. Los cuatro reyes eran cuatro grandes hombres del antiguo Guilán; dos de ellos, gobernantes de la dinastía Kiaei. Las cadenas del Alborz siempre preservaron a Guilán de los invasores del sur: ni siquiera los árabes lograron irrumpir y los guilaníes se enorgullecen de hablar la antigua lengua persa, limpia de influencias árabes. Así, la región fue un reino independiente hasta que los descendientes del jeque Safi, que se educó en la corte kiaei, en 1501 reunificaron todas las regiones de la Persia fragmentada. Los muros de la mezquita están cubiertos de azulejos de colores con motivos. Junto a la entrada, dos frescos llamados de «estilo casa de café», de época qajar, representan a los dos héroes de la batalla de Kerbala: el imán Husein y su hermano Abolfazl. Lahijan ya no es sede real pero la enorme imagen de Husein de los Cuatro Reyes ha conquistado todo Irán. En estos días, durante la festividad de Ashura, se colocan en las plazas de todo Irán sus versiones gigantescas, desde Kashan, pasando por Nain, hasta el golfo Pérsico.


 

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La estética de las carnicerías orientales es simple: exponen en público la magnificencia de la carne recién sacrificada con una franqueza casi embarazosa. Del Cáucaso a Pakistán, los cuerpos recién desollados de ovejas y cabras se exhiben en las vitrinas de las carnicerías, o más bien delante de ellas, como rótulos de tienda, eliminando la necesidad de cualquier explicación adicional. El carnicero, al verme fotografiar el escaparate, adereza el espectáculo con un bodegón de buen gusto, o más bien una natura morta, las porciones más deliciosas de los animales —la cabeza, la cola y las patas—, dispuestas artísticamente en un cuenco de hojalata. Frunce los labios y muestra con la mano lo divina que es la comida.
 

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El hombre europeo heredó del Romanticismo su relación con la Naturaleza, tal como la pintó Caspar David Friedrich. La Naturaleza es la aparición intramundana de lo Majestuoso, y uno puede enfrentarse a ello (y al mismo tiempo a sí mismo) a costa de un viaje arduo, per aspera ad astra. El hombre europeo, desde Petrarca, sube al Mont Ventoux para contemplar en su cima la grandeza de la Naturaleza y su propia pequeñez, u otros topoi del programa romántico. Los persas quedaron al margen del desarrollo romántico. Para ellos, la Naturaleza es el lugar de un agradable pasatiempo. El persa puede subir al Damavand porque es deportista y le gusta escalar montañas, pero sobre todo para hacer una hoguera en la cumbre y asar kebab. O, más bien, se queda abajo, en el valle del Damavand, extiende una alfombra junto al arroyo y saca la cesta de picnic, porque encuentra que esta es la mejor manera de aprovechar la Naturaleza.

Si el castillo de Rudkhan, construido por los ismaʿilíes en el siglo XII, con sus poderosas murallas y cuarenta y dos torres, estuviera en Europa, un sendero estrecho y apartado llevaría hasta él, como preparación para el encuentro con lo Majestuoso. Pero como el castillo de Rudkhan está en Guilán, el camino ancho que va desde el pie del monte hasta la puerta de la fortaleza está flanqueado por casas de té: al menos cien. El jueves por la tarde —es decir, el sábado musulmán— masas invaden el pie del monte y empiezan a subir, pero no llegan lejos. La mayoría terminan en una de las casas de té junto al arroyo, o bien un takht, un diván-comedor para cuatro personas, se interpone en su camino, frente a un local humeante donde se asan kebabs. Los pocos que, pasando dos o tres casas de té, alcanzan el castillo, consumen allí los pistachos y dulces comprados por el camino, mientras se hacen selfis con las antiguas murallas.
 

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Unas estatuas más chuscas que ambrosía en los rastrojos, se multiplican rápidamente. Algo muy zafio borró aquí la alta cultura antigua. Esto ocurrió en los antiguos países socialistas y está ocurriendo también en Irán. Estas estatuas han sido creadas conjuntamente por la autoconfianza y la ingenuidad del artista popular y la falta de educación y el gusto pequeñoburgués del patrono estatal o partidario. Como en Fuman, en Guilán, donde un lado de la gran rotonda está decorado con las estatuas de unos cazadores guilaníes y el otro con la de un soldado caído por la patria. Su cuerpo lo sostiene su camarada miliciano; su sangre, cuidadosamente pintarrajeada, fluye hacia el cáliz de tulipanes y desde allí baja a la tierra, para que, como de la sangre de Siavush, brote de ella la libertad. Junto a todo esto, las fotos de dos mártires locales caídos en la guerra de Irak, y los lápices de colores y libros en la valla de la escuela marcan el tono visual de la plaza. Incluso aparece una caja de zakat en una esquina de la imagen.
 

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Es de noche; buscamos alojamiento, pero Fuman no es precisamente famosa por su infraestructura turística. El mapa muestra el único hotel fuera de la ciudad, en algún punto de la carretera hacia Masuleh. Vamos girando entre unos jardines, por caminos de tierra, y de pronto entramos rodando hasta el hotel. Un letrero de neón verde proclama con orgullo que el lugar tiene cinco estrellas. Primero nos ofrecen una habitación cuádruple por trescientos euros, pero cuando, resignado, quiero irme, el gerente —a quien llaman a recepción— me llama de vuelta diciendo que nos la deja por la mitad. Si no queremos andar vagando quizá durante horas, no tenemos otra opción. La aceptamos. Como la habitación tiene dos camas dobles, añaden camas supletorias, colocadas en línea, de modo que parece una sala de hospital. Las cinco estrellas se van apagando poco a poco: el wi-fi no funciona, se agotan las pilas del mando a distancia del aire acondicionado, el inodoro es del tipo en cuclillas, las ventanas no pueden abrirse, y sus manillas se nos quedan en la mano. Parece que en todo el caserón no ha habido más huésped que nosotros. Al alba miramos fuera: todo el vasto patio delantero del hotel es un campo de té. Bajamos al vestíbulo. Los recepcionistas duermen en los sillones del vestíbulo. Se quitan las mantas con disculpas, se suben los pantalones y se ponen a trabajar. En el crepúsculo matutino dejamos atrás el hotel. No nos atrevemos a mirar atrás: quizá no haya nada a nuestras espaldas; quizá todo no haya sido más que un espejismo.
 

La imagen es solo una ilustración: representa la pila para lavarse los pies de la gran mezquita de Lahijan

Por la tarde llegamos a Masuleh. Buscamos alojamiento de inmediato. Queremos pasar allí la noche, y también queremos mirar el pueblo al amanecer, sin turistas, con la esperanza de poder verlo como era hace cuarenta años en las fotos de Ahmad Kavousian. Ya no podremos verlo así pero tampoco está mal. Más: Masuleh, 2016.


(Continuación cada día durante tres semanas)


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