«Sufí» —escribió una estudiante estadounidense en la casilla Religión del cuestionario estadístico distribuido en el seminario de fenomenología de la religión.
«¿Sufí?», le pregunté. «¿Qué haces como sufí?»
«Bueno, practicamos danzas sufíes y leemos los poemas de Rumi».
«Es decir, ¿sabes persa?»
«No, ¿por qué? ¡Rumi ha sido traducido al inglés!»
La traducción filológicamente fiel del gran poema didáctico Mathnawī de Yalal ad-Din Rumi reproduce en efecto correctamente el contenido de la obra, pero no transmite nada de la belleza del poema. Y en las versiones muy libres realizadas a partir de traducciones inglesas en prosa, con bastante frecuencia se pierde también el sentido original, así como los maravillosos juegos de palabras y asociaciones. Suspiré.
«¿Estudiáis también el Corán?», le pregunté a la muchacha sufí. Me miró con incredulidad.
«¿Por qué? Somos sufíes, no —¿cómo lo dicen?— mahometanos».
Negué con la cabeza.
«¡Pero los sufíes son místicos musulmanes!», respondí.
«¡Oh, no! Nosotros amamos todas las religiones. ¡El amor es lo más importante!», dijo con el rostro radiante.
Hice un último intento.
«¿Y qué sabes del profeta Mahoma?»
Como había sospechado, no sabía nada de aquel que para todo sufí es el punto de partida y el centro de su propia cadena de maestros y discípulos, y que, a sus ojos, fue el primer sufí auténtico. Renuncié.
Pero ¿qué se puede hacer cuando un autor muy popular afirma audazmente que Goethe, san Francisco, Napoleón y muchos otros fueron sufíes? ¿Sobre qué base podemos esperar del público un conocimiento más profundo de la historia y de la esencia del sufismo? Además, en cualquier caso, no es nada fácil responder a la pregunta de qué es el sufismo y qué es lo que hace a alguien sufí.



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