En la década de 1930, un sacerdote bohemio llamado Josef Baťka (n. 1901, Plzeň - m. 1979, Sušice) viajó en el vapor Normandie hacia lo que su compatriota Antonín Dvořák todavía podía llamar, apenas algo más de una generación antes, un «nuevo mundo». Baťka había estudiado en el Vaticano y viajó mucho por Europa y el Próximo Oriente en calidad de enviado papal. Además, era también un fotógrafo apasionado y competente que, utilizando una cámara de formato medio que producía negativos cuadrados de 60 mm, dejó tras de sí un tesoro de pequeñas imágenes compactas, cuidadosamente archivadas en las cajas en que se las entregaba el laboratorio fotográfico.
Estas fotografías muestran que, completamente al margen de sus aptitudes sacerdotales, poseía un ojo sensible para el equilibrio y la forma que resulta de algún modo sorprendente en el contexto de la fotografía amateur. Sus imágenes muestran a menudo una integridad compositiva que recompensa nuestra atención más allá del mérito de sus temas.

Desde el punto de vista del contenido, las imágenes de Baťka muestran su fascinación por el paisaje, el carácter humano, la tecnología moderna y la sociedad, y nos revelan, en su claridad y su sentido de extrañamiento, las trayectorias de una época en rápida transformación hace ya casi un siglo, descritas por un observador atento y con la relativa objetividad de un extranjero. No solo su obra fotográfica captó el sentido y las cualidades de un tiempo desaparecido. La acompañó además con un extenso manuscrito que registra sus impresiones del viaje americano.
Vemos a Baťka en una fotografía: un hombre ligeramente rechoncho y de aspecto estudioso, calvo y acercándose a la mediana edad, con orejas prominentes y gafas de lechuza. Su manuscrito muestra una letra limpia y regular, con correcciones y diversas marcas de colores que sugieren que quizá lo preparaba para su publicación. En cualquier caso, se tomó muy en serio la tarea de consignar sus observaciones de este viaje.
Muchas de sus fotografías registran simplemente lo que debieron de ser novedades para él: grandes automóviles relucientes, aviones, el Luna Park de Nueva York, el Queen Mary, ¡un auténtico indio piel roja!
Otras retratan una geometría y un equilibrio imponentes: las montañas del oeste, un árbol de Josué, las líneas modernas de la gran presa Boulder (hoy Hoover), el Gran Cañón, Monument Valley, Yellowstone. Aunque algunos de estos temas son precisamente los mismos hacia los que acudirían en masa tantos turistas, en manos de Baťka detectamos un encuadre cuidadoso y un ejercicio del oficio que confieren a sus fotografías tanto claridad formal como intemporalidad.
Encontramos también varias que captan —ya sea por habilidad o por simple suerte— una serie de momentos ciertamente insignificantes, pero que sin embargo producen en nosotros una poderosa resonancia. Estas imágenes tienen el timbre de la verdad. Congelan para siempre situaciones hoy irremediablemente perdidas. Entramos en el mundo de los Estados Unidos de los años treinta a través de imágenes tomadas por un visitante de un país lejano, Checoslovaquia, cuyo nombre muchas de las personas retratadas por él ni siquiera podían pronunciar, o apenas imaginar.
Baťka. el estudioso, es un antropólogo laico. Nos muestra relaciones familiares y profesionales entre las personas, codificadas en disposiciones y posturas humanas orquestadas sobre el escenario de la vida real. Como los fotógrafos callejeros de décadas posteriores, sabe cómo situarse dentro de la escena, con la luz del sol en un ángulo fortuito, y cuándo accionar el obturador.
La mayoría de las personas representadas arriba pertenecen a las comunidades de inmigrantes checos del este de Nebraska
Descubrimos que podemos estudiar las imágenes más prosaicas y extraer de ellas una verdad objetiva; la verdad (problemática) del reportaje documental. Pero en otras encontramos además un sentido visual que acerca algunas de estas imágenes amateurs un paso más hacia lo sublime.
Tras regresar a su hogar en Bohemia, Mons. Baťka enseñó teología en el gimnasio de Nymburk. Durante la ocupación alemana logró escapar de la prisión. Después, a causa del golpe comunista y de una Iglesia relegada y desposeída, se retiró a la casa de su familia, donde ejerció como sacerdote en una parroquia remota en las afueras de Klatovy, cerca de los montes Šumava.
Baťka vivió la segunda mitad de su vida junto con su hermana menor Marie en la pequeña ciudad de
Kolinec, en el suroeste de Bohemia. Murió en 1979 y su hermana, que lo había cuidado en su vejez, le siguió en 2004, dejando la casa y todos los bienes a la Iglesia. Durante la inspección y vaciado de la propiedad se encontraron varias cajas que contenían diapositivas fotográficas montadas en vidrio, negativos y copias fotográficas, junto con el extenso manuscrito de su viaje al nuevo mundo, al que tituló 30.000 kilómetros en tren, barco y automóvil.

Por un fortuito azar, todos estos materiales se salvaron y, en 2008, fueron objeto de una exposición multimedia titulada «Y por esta razón…» en la
Galería Školská 28 de Praga.






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