
«Al atardecer todas las ciudades parecen maravillosas, pero unas más que otras. Los relieves se vuelven más dúctiles, las columnas más rotundas, los capiteles más rizados, las cornisas más decididas, las agujas más severas, las hornacinas más profundas, los discípulos más envueltos en paños, los ángeles más aéreos. En las calles oscurece, pero sigue siendo de día para las fondamente y para ese gigantesco espejo líquido donde lanchas a motor, vaporetti, góndolas, botes y barcazas —«como viejos zapatos esparcidos»— pisan con celo las fachadas barrocas y góticas, sin perdonar tampoco la tuya ni el reflejo de una nube que pasa. "Represéntalo", susurra la luz invernal, detenida en seco por el muro de ladrillo de un hospital o, llegando a casa, por el paraíso del frontón de San Zaccaria, tras su largo viaje por el cosmos. Y uno percibe el cansancio de esa luz cuando reposa durante una hora más o menos en la concha de mármol de Zaccaria, mientras la tierra entrega la otra mejilla al astro. Esta es la luz de invierno en su forma más pura. No lleva calor ni energía, los ha dejado atrás en algún lugar del universo, o en un cúmulo cercano. La única ambición de sus partículas es alcanzar un objeto y hacerlo —grande o pequeño— visible. Es una luz privada, la luz de Giorgione o de Bellini, no la de Tiepolo o Tintoretto. Y la ciudad se demora en ella, saboreando su contacto, la caricia del infinito de donde procede. Un objeto, al fin y al cabo, es lo que vuelve privado al infinito.»






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