Si, al visitar los monasterios renacentistas de Bucovina os dirgís desde Rădăuți a Siret, y la carretera que pasa por Dornești –en las lenguas de sus desaparecidos habitantes húngaros y alemanes, Hadikfalva o Kriegsdorf– está en obras, deberéis girar hacia el norte, hacia
Măneuți para llegar a la frontera ucraniana.
El camino de tierra conduce a través de amplios campos, cruzando las fértiles llanuras del río Suceava. A lo lejos, no demasiado lejos, se distingue el borde de la cubeta desde la que has descendido, la cadena de los Cárpatos. A la derecha, la línea serpenteante del Suceava, acompañada de sotos de sauces. Rebaños de ovejas pastan en la llanura de inundación. En el borde del pueblo, mucho antes de llegar a las primeras casas, aparece a la derecha un pequeño cementerio. Nos detenemos.
Las tumbas están agrupadas de forma extraña en este cementerio. En el extremo más alejado, el más cercano al pueblo, donde hay también una segunda puerta, se alinean algunas filas de lápidas con inscripciones rumanas. Paralelas a la carretera, otras dos o tres filas de lápidas rumanas, muy recientes. La parte central más extensa del cementerio está cubierta de hierba alta. De entre la hierba emergen cruces de hormigón. En ellas, inscripciones húngaras.


Todas las cruces miran hacia la carretera, dando la espalda al pueblo. Las tumbas rumanas del otro lado miran hacia el pueblo. Parece que los rumanos que se establecieron aquí después de la guerra comenzaron a utilizar el lado del cementerio opuesto al de los habitantes anteriores a la guerra. Esto fue lo que salvó a las cruces de la destrucción. Quedaron cubiertas de hierba y matorrales y, aunque las de madera seguramente se pudrieron, sin embargo el gran invento del pueblo, las cruces de hormigón armado forjadas en las décadas de 1920 y 1930, sobrevivieron. En la década de 1990 también comenzaron a utilizar el lado del cementerio que da a la carretera y todo fue limpiado, pero para entonces ya habían pasado los tiempos en que era habitual destruir sin dejar rastro las antiguas tumbas húngaras, alemanas o polacas. A diferencia de los cementerios de las otras cuatro aldeas húngaras de Bucovina, Józseffalva, Hadikfalva, Istensegíts y Fogadjisten, el de Măneuți – Andrásfalva – ha permanecido como el único recuerdo de los antiguos asentamientos de los székelys de Bucovina.

Hoy hace doscientos cincuenta y dos años, el 7 de enero de 1764, el ejército imperial austríaco comenzó a disparar cañones contra los székelys húngaros reunidos para deliberar en Madéfalva, en el este de Transilvania (hoy Siculeni, Rumanía), porque se negaron a integrarse en los recién creados regimientos fronterizos székelys. Murieron doscientas personas, miles huyeron a través de las montañas hacia Moldavia, donde o bien aumentaron la población de los asentamientos húngaros de Gyimes y de los csángós de Moldavia, o bien se dispersaron entre las aldeas rumanas. Cuando, diez años más tarde, en 1774, Austria obtuvo, a cambio de su neutralidad en la guerra ruso-turca, la región más septentrional de la Moldavia vasalla del Imperio otomano, de la que crearon la provincia de Bucovina, el nuevo gobernador húngaro, el general András Hadik, advirtió el gran número de húngaros que vivían en la región y los reunió en cinco aldeas creadas para ellos.
En las fértiles llanuras la población de las aldeas creció rápidamente, y los cerca de diez mil jóvenes que emigraron desde aquí a partir de la década de 1880 fundaron numerosos nuevos asentamientos, no solo en Transilvania, sino incluso en Canadá y Brasil. Sin embargo, su mayor viaje comenzó en 1941, cuando el gobierno húngaro reasentó a casi toda la población de las cinco aldeas en la fértil región de Bácska, que en 1941 había regresado de Yugoslavia a Hungría. Desde allí, en 1944, tuvieron que huir de los partisanos serbios hasta el condado de Zala, en Transdanubia. Finalmente fueron asentados en los condados de Tolna y Baranya, irónicamente en las casas de los suabos desplazados. Su largo periplo ha sido retratado en la película en dos partes Sír az út előttem (El camino llora ante mí, 1987), de Sándor Sára.
Y sus antiguas casas en Bucovina fueron ocupadas por refugiados rumanos procedentes de Besarabia, anexionada en 1940 por la Unión Soviética. Sus iglesias católicas fueron transformadas en ortodoxas. Solo unos pocos húngaros permanecieron en las cinco aldeas. Los descendientes de los székelys de Bucovina que viven en Tolna, que acudían aquí de vez en cuando para poner en orden las tumbas húngaras, se encontraron con ellos por última vez en la década de 1990.

Dos lamentos de Gyimes (Péter Hámori, Zsófia Lázár, 2006)






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