La Повѣсть времѧньныхъ лѣтъ, «Crónica de los tiempos pasados», compuesta en Kiev en 1113, en la que su autor, el monje Néstor, resume la historia de los eslavos orientales desde la Torre de Babel hasta su propia época, afirma que el apóstol Andrés durante sus viajes misioneros también visitó a los eslavos orientales, desde la futura Kiev hasta la futura Nóvgorod. Aquí vio, entre muchos otros prodigios, aquella singular institución de los eslavos: el baño.
«Cosa maravillosa de contar: lo que vi en la tierra de los eslavos. … Observé sus casas de baño de madera. Las calientan hasta un calor extremo; luego se desnudan y, después de untarse con sebo, toman varas tiernas y se azotan el cuerpo. Se azotan con tal violencia que apenas escapan con vida. Luego se empapan con agua fría y así reviven. No les importa hacer esto cada día y, de hecho, se infligen a sí mismos semejante tortura voluntaria. No hacen de ello un simple lavatorio, sino un auténtico tormento.»
El arte eslavo del auto-tormento no ha cambiado demasiado desde san Andrés, o al menos desde Néstor. En la cámara de baño se vierte agua sobre las piedras ardientes y envueltos en un denso vapor se azotan con veniks, ramitas delgadas de abedul, roble o, más recientemente, eucalipto, para estimular la circulación sanguínea. Cuando sudan a más no poder se sumergen en agua fría —en un lago, un río o en la cámara fría del propio baño— o se revuelcan en la nieve. Luego descansan hasta la siguiente sesión de sudor y azote, que transcurre entre té, cerveza, conversación o ajedrez. El baño tradicional es una de las escenas más importantes de la vida social rusa.
Los palacios de este arte tradicional han desaparecido en gran medida a lo largo del último siglo. Por una parte, el sistema soviético intentó restringir estos centros de vida social no controlada; por otra, fueron sustituidos por los cuartos de baño que aparecieron en la mayoría de los apartamentos. En Odesa, donde a comienzos del siglo XX había más de 400 baños públicos, hoy queda
en funcionamiento un solo baño tradicional. Está ahí desde 1861: el Baño número Cuatro, en el borde de Moldavanka, número 6 de la calle Astashkin.



Al fondo de un patio cubierto de parras, bajo las escaleras que suben al baño, unos jóvenes están de pie charlando. «Shalom», nos saludan: al parecer, aquí extranjero significa automáticamente un antiguo compatriota que regresa de Israel. Respondemos en ruso y la vida social se pone en marcha de inmediato. Quieren que nos fijemos en la placa de mármol negro del muro del patio. Conmemora a «Karabás», el jefe mafioso local, abatido aquí en 1997, «en las escaleras, cuando bajaba del baño», precisan señalando el lugar. «Era como Mishka Yaponchik», dicen con reverencia, aunque no estuvieron bajo sus órdenes; solo han oído hablar de él a sus colegas mayores. Mishka Yaponchik, el jefe gánster judío de comienzos del siglo XX, modelo del Benia Krik de Isaak Babel, el «rey» de Moldavanka en sus Relatos de Odesa, está tan vivo en la memoria de la posteridad de Moldavanka que nosotros, rendidos lectores de los Relatos de Odesa, jamás lo habríamos ni imaginado.
«El 21 de abril de 1997 fue vilmente asesinado aquí Viktor Pávlovich Kulivar. Tu memoria permanece luminosa por la eternidad, Karabás. De tus amigos y asociados. – Dedicado a V. P. Kulivar, nuestro vecino de la calle del Viejo Matadero (Kuibishev), en el aniversario de su muerte.»
El muro del patio del baño está hecho de ladrillos de vidrio para que entre una luz difusa, y el primero de la fila superior ha sido arrancado de modo que se pueda ver quién anda fuera. El equipamiento chapucero de la sala de calderas de la planta baja con el que se caldea el baño evoca los tiempos dorados del socialismo. Apretadas entre las superficies más calientes se secan unas ramas de roble. En el patio un anciano ata los ramos para el baño. «Jó napot», buenos días, nos saluda en húngaro. Tras tantos casos similares anteriores, le pregunto directamente: «¿Sirvió usted en Hungría?» «Sí.» «¿Dónde?» «En Tamási, entre 1962 y 1964.» «¿Y qué tal era?» Alza los ojos en una ensoñación nostálgica hacia los sarmientos que cubren el patio. «El cielo.» Debería entrevistar pronto a los soldados soviéticos que sirvieron en nuestra tierra, mientras aún viven.









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