Escritos ocasionales

Hace unos días terminé de traducir al húngaro las conferencias reunidas de Umberto Eco –o, como él las llama, sus «escritos ocasionales»: Costruire il nemico, «Construir al enemigo» o, más exactamente, «Fabricar al enemigo». El título nace de una experiencia personal de Eco en Nueva York, cuando un taxista pakistaní intentó ubicar a la desconocida Italia en su mapa mental preguntando quiénes eran sus enemigos tradicionales.

Créase o no, hace dos semanas en Azerbaiyán un taxista me hizo exactamente la misma pregunta. Parece que, junto al clásico ejemplo antropológico –cuando dos nativos de Nueva Guinea de tribus distintas se encuentran por casualidad, deben encontrar al menos un antepasado común, aunque sea mítico, para no verse obligados a matarse–, también un enemigo compartido puede crear armonía y palmadas amistosas en la espalda entre desconocidos. No hace falta ir muy lejos para comprobar esta verdad, pero en el Cáucaso las tradiciones de fabricar al enemigo tienen una historia tan larga que, de haberlas conocido Eco, no habría necesitado recurrir una vez más a los ya muy citados ejemplos de Ginzburg, Wagner o Céline para ilustrar la construcción de la imagen del enemigo.

Pero así es el género de la conferencia. El público no espera algo radicalmente nuevo; le gusta que la velada se vuelva acogedora al evocar textos que ya ha leído, y Eco está encantado con ello, como subraya en la introducción: «una de las virtudes del escrito ocasional es que no obliga a la originalidad a cualquier precio, sino que simplemente desea entretener tanto a quien habla como a quien escucha». A lo largo del volumen reaparecen, uno tras otro, temas y pasajes familiares de sus obras recientes –lo que probablemente también indica en qué libro estaba trabajando el maestro en ese momento–: los inventarios de tesoros eclesiásticos medievales de Historia de la belleza y los tópicos de la fealdad del enemigo de Historia de la fealdad, las interminables enumeraciones de Victor Hugo y los juegos de Gargantúa de El vértigo de las listas, los mundos imaginarios y las islas perdidas de Baudolino y La isla del día de antes.

Y, sin embargo, cuando Eco está en su salsa, es capaz de hacer trucos nuevos incluso con textos conocidos. En el ensayo más extenso del volumen, significativamente titulado ¡Hugo, ay!, muestra, a lo largo de páginas y páginas de citas torrenciales, cuántos recursos retóricos utiliza Victor Hugo para exagerar la exageración más allá de todo límite, hasta que esta se vuelve épica y sublime para el lector atónito y deslumbrado. En «¡Yo soy Edmond Dantès!» intenta algo parecido. Tras ofrecer un análisis detallado y delicioso de uno de los recursos retóricos más importantes de la novela por entregas –el reconocimiento inesperado de los personajes y sus subcategorías–, compone durante diez páginas un collage ininterrumpido de grandes escenas de reconocimiento tomadas de Dumas, Hugo, Ponson du Terrail y otros. Y este fuego artificial prolongado hasta el infinito funciona perfectamente incluso sin conocer a los personajes ni las tramas: uno seguiría leyendo, sin aliento, indefinidamente.

Veline y silencio, en cambio, apenas ocupa seis páginas, pero mantiene ocupado al traductor, que debe añadir una multitud de notas a pie de página para explicar memes de la política interna italiana de 2009, empezando por las veline del título. La palabra, que originalmente designaba el fino papel de máquina usado para copias con papel carbón –¡yo mismo mecanografié en él! ¿existirá todavía?–, sufrió su primer cambio semántico durante el fascismo, cuando el «Ministerio de Cultura Popular» (MinCulPop) enviaba en esas hojas instrucciones a las redacciones sobre lo que se podía y no se podía publicar. Desde entonces, velina pasó a significar una orden llegada desde arriba y, por extensión, la censura misma. Más tarde, el programa televisivo Striscia la notizia, lanzado en 1988 y convertido desde entonces en el más visto de Italia, presentó a chicas guapas que llevaban noticias mecanografiadas a los dos presentadores cómicos en patines, y ellas mismas pasaron a llamarse veline. El término se amplió aún más en 2009 –incluso nació la palabra velinismo– cuando el partido de Berlusconi nominó cínicamente a una serie de actrices, cantantes, presentadoras de televisión e incluso participantes de realities de marcado perfil erótico para las elecciones al Parlamento Europeo. Eco ve una conexión muy profunda entre los distintos significados:

En el argot periodístico, la velina se convirtió en símbolo de censura, de silencio, de desaparición. Las veline actuales, en cambio, son lo contrario: como es bien sabido, son iconos de la apariencia y la visibilidad, e incluso de la fama alcanzada por pura visibilidad, destacadas únicamente por su apariencia. Nos encontramos así ante dos formas de velinidad, que corresponden a dos formas de censura. La primera es la censura por silencio; la segunda, la censura por ruido, cuyos instrumentos son el programa de televisión, el espectáculo, el informativo, etcétera. Si las veline del pasado decían: «Para evitar un comportamiento reprobable, no se debe hablar de él», el velinismo actual dice: «Para que no se hable del comportamiento reprobable, hay que hablar muchísimo de otras cosas». El ruido que oculta.

Pero Eco no sería Eco si no sorprendiera a su traductor. La noche antes de terminar llegaron como añadidos dos ensayos nuevos, de apenas unos meses –uno de ellos sobre el caso WikiLeaks–, aumentando la actualidad del volumen que pronto verá la luz. Me habría sorprendido más que no hubiera ocurrido. Como ya mencioné antes, la editorial italiana edita las obras de Eco mientras los traductores trabajan en las otras versiones lingüísticas, para que aparezcan simultáneamente en todos los idiomas, y el propio maestro participa activamente en la edición hasta el final. Así que, mientras se trabaja, siempre pueden llegar correos electrónicos con añadidos y cambios, otorgando una nueva y muy ecoiana capa de significado a la palabra velina.

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