La voz de Edison

Palma de Mallorca, el paseo del Borne, años veinte
 

«Los que no alcanzasteis a vivir las postrimerías del pasado siglo y los albores del presente, difícilmente podréis imaginar lo que representó para la ciudad, el Borne de aquéllos tiempos. Cuando Palma aún era la capital de la Isla de la Calma, era el Borne el corazón de todos... En las soleadas mañanas de invierno, o en las tibias noches de primavera y verano, iba al Borne los jueves y domingos a escuchar los sones de la banda del Regimiento de Infantería, Palma 61, que bajo la batuta del maestro Perelló primero y de Pepe Balaguer y Torrandell después, tocaba fragmentos de las zarzuelas más en boga o valses de Waldteufle o Straus, en lo alto del escenario  de madera, situado en lo que era antes el Restaurante Antonio. La gente vieja estaba situada en los sillones de hierro o en las sillas de enea, que costaban 10 y 15 céntimos respectivamente y los jóvenes daban vueltas por el Paseo, en el que nacieron tantos amores, que escuchó el latido de tantos corazones, cuando la modesta mirada de alguna niña, se cruzaba con la de algún apasionado pretendiente, que con esto se sentía lleno de felicidad y de esperanza. Al llegar la hora de cenar, la gente desfilaba y el joven enamorado seguía de lejos  a su Dulcinea, que acompañada de su madre marchaba a casa, esperando que, antes de entrar en el portal, se volviera para enviarle una última mirada, una postrera sonrisa, que era como un anticipo del cielo. Jóvenes que lo leéis, los que vivís la vida libre y tumultuosa de hoy, no podéis entenderme, como no podéis imaginar el silencio de una ciudad sin ruidos, sin coches, sin prisas. Todo esto representaba el Borne que se va. Y por esta razón muchos no sentirán pena al verlo desaparecer, como lo sentirán otros, porque para ellos está lleno de recuerdos de toda una vida».

José Orlandis, «El adiós del Borne», Diario de Mallorca, 7 de octubre de 1966
 
«La Ciutat de Mallorca». El mapa del sacerdote y matemático Antonio Garau, 1644

El emplazamiento del paseo del Borne estuvo determinado por el torrente de la Riera, sa Riera, que antaño serpenteaba por la ciudad de Palma y que en tiempos de grandes lluvias inundaba a menudo el casco antiguo. Por ello, ya en el siglo XVII se le excavó un nuevo cauce, que conducía sus aguas al mar por el lado exterior de la muralla. El antiguo lecho del río se convirtió de manera natural en el paseo de Palma, como podemos ver en el mapa de Garau reproducido arriba.


Los dos extremos del último tramo del antiguo cauce fluvial, el propio paseo, quedaron marcados durante el siglo XIX por dos monumentos, ambos ligados a una visita a Palma de la reina Isabel II —de los tristes destinos— (nacida en 1830, subida al trono en 1833, depuesta en 1868 y muerta en París en 1904), al comienzo de su reinado, que desencadenó una guerra civil, y al final del mismo, que condujo a una revolución, respectivamente.


La fuente de las Tortugas, situada en el extremo superior del paseo, en la que cuatro tortugas sostienen un obelisco rematado por un murciélago, el animal heráldico de Jaime I, que conquistó la isla a los moros en 1229, fue erigida en 1833 en honor de la reina niña. Al mismo tiempo se encargó también a Jacint Mateu tallar las cuatro esfinges (ses lleones des Born) que presiden las dos entradas del paseo. Y en 1860 la propia Isabel colocó en el extremo inferior del paseo la primera piedra del grupo escultórico que la representaba, rodeada por las figuras alegóricas de la Agricultura, la Industria, la Guerra y la Paz. Ambos monumentos fueron destruidos en 1868, durante la llamada Revolución Gloriosa que expulsó a la familia real. El obelisco fue más tarde restaurado —su murciélago forma ahora un telón de fondo fantasmal para los demonios en la noche de san Sebastián—, pero del grupo escultórico meridional solo queda el recuerdo en una fuente situada en medio de la rotonda al comienzo del paseo cuando se llega desde el mar.
 

La «Font de les Tortugues», en el extremo norte del paseo a comienzos del siglo XX
 
La estatua de la reina Isabel en el extremo sur del paseo, 1860-1868. Al empezar la revuelta que derrocó a la reina, «La Gloriosa», la estatua fue derribada y arrastrada por la ciudad.

Cuando se erigió la estatua de Isabel, las cuatro esfinges fueron retiradas de las dos entradas del paseo, de modo que los dos monumentos marcaban sus extremos. Durante decenios fueron desmoronándose lentamente en el jardín de los Capuchinos, hasta que en 1895 la ciudad las hizo restaurar —reduciendo al mismo tiempo sus pechos demasiado prominentes— y las volvió a colocar en las dos entradas del paseo. En 1859 situaron también aquí el orgullo de la ciudad: dos grandes farolas de gas.


 

Las cuatro esfinges a finales del siglo XIX en el jardín de los Capuchinos
 
Una de las esfinges septentrionales con la fuente de las Tortugas
 
En el cambio de siglo pasaba el tranvía por el Borne, junto a las esfinges. La imagen inferior muestra una torre de tracción animal utilizada para reparar los cables eléctricos del tranvía. Muy pronto mostraremos otra semejante, de la monarquía austrohúngara, en otra entrada



El paseo del Borne ha seguido siendo desde entonces el teatro de la ciudad. Aquí se abrieron los primeros cafés y pastelerías a comienzos de siglo y aquí se celebraban por las tardes las sueltas de palomas descritas con tanta viveza por Mario Verdaguer. Aquí, el 6 de enero, desfilan desde el puerto los tres Reyes con camellos y elefantes, y en el día de san Sebastián los demonios avanzan en carros de fuego hacia el puerto. Aquí, en la terraza del Bar Bosch, frente a la fuente de las Tortugas, nos sentamos por primera vez con Wang Wei en cada ocasión en que llego a casa, a Palma. Y aquí llegó también el futuro a comienzos del siglo, tal como lo describió Verdaguer tanto en la entrada anterior como en el ensayo que sigue, que parece evocar una célebre escena de Cien años de soledad.


La voz de Edison

El Borne, a lo largo de su pintoresca vida ciudadana no estuvo nunca cerrado a los aires del  progreso, como habitación que conserva el tufo antiguo porque no se abren jamás las ventanas.
   No, el Borne ha estado siempre abierto a los aires de afuera y al velocípedo de Gaspar pueden sumarse otros hechos memorables:
   Un día, con mi cartera de escolar bajo el brazo al pasar por el Borne, quedé de pronto poseído de una gran emoción.
   Sobre la reducida tienda baja, en la que está ahora un limpiabotas, aparecía un letrero mal pintado quedecía::

¡¡OIGAN LA MARAVILLA ACÚSTICA!!
EL FONÓGRAFO DE EDISON,
REPRODUCE LA VOZ HUMANA.
¡¡UNA AUDICIÓN DIEZ CÉNTIMOS!!!

   Quedé perplejo, con el corazón palpitante. Yo había leído en «El Jardín de las Damas» la descripción del fonógrafo, inventado por Edison:
   «Por fin la voz de hombre podrá ser reproducida con toda naturalidad —decía la revista—, el aparato emite sonidos articulados iguales a los de la garganta humana y maravilla ver cómo el cobre y el estaño pueden adquirir una vida propia y, como los hombres, emitir pensamientos».
   Luego aquello no era una fantasía más, como las novelas de Julio Verne.
Allí estaba en realidad la máquina que hablaba.
   Oírla costaba el precio de la merienda: un panecillo y una pastilla de chocolate, diez céntimos.
Estaban en el fondo de mi bolsillo. No dudé un momento. Renunciar a oír aquella maravilla no era posible.
   Me colé por la puerta.
   Un hombre de grandes bigotes negros y aspecto inquietante, que parecía hablar en portugués, se hallaba de pie al lado de una mesa cubierta con un paño de terciopelo rojo, y, encima de la mesa, había un pequeño aparato de latón, parecido a un reloj antiguo, del que salían cuatro largos tubos de caucho.
   ¡Era el fonógrafo de Edison!
   Puse los diez céntimos en la mano del hombre de los bigotes y éste me hizo sentar y me dijo:
   —Primero oirás la voz del gran inventor Edison que habla en inglés y luego la charanga de West-Point.
   Y acto seguido cogió los tubos de caucho y me metió uno en cada oído.
   Las grandes manos peludas y morenas se movieron por encima del aparato. Un cilindro comenzó a dar vueltas y, de pronto, en el fondo del tubo, como un eco lejano, mezclado con ruidos extraños, oí una voz humana que hablaba en inglés. ¡Era Edison! El corazón me palpitaba tan fuertemente, que casi no me daba cuenta de lo que oía y cuando la voz calló y escuché de pronto sonar toda una banda de música dentro de aquel tubo, no pude resistir más la emoción y, arrancándome los tubos del oído, salí corriendo a la calle.
   Si alguna vez entro ahora en la pequeña tienducha para que me limpien los zapatos, no puedo menos de recordar al hombre de los bigotes negros y su pequeño aparato maravilloso. Y siento perdurar todavía la vieja emoción de descubrir un horizonte nuevo.
   Luego vinieron los fonógrafos de gran bocina, los discos eléctricos, las gramolas, la radio, pero todo me ha dejado impasible y es que, en aquella primera emoción virgen, estaba ya condensado todo lo que podríamos encontrar al avanzar, en el porvenir, por el camino sin límites del progreso.
 

Paseando por el Borne, 1928
 
El Borne. La declaración manuscrita: «¡Me gusta mucho más que Madrid!»

 

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