¿Quién se encarga de la luz?

La procesión del Viernes Santo es la del silencio, la oscuridad. Los candelabros de las iglesias se apagan, las imágenes se cubren con paños negros o morados, el altar desnudo, el sagrario vacío. En Palma, la procesión solemne es la del Jueves Santo, sobre todo porque pasea la imagen más venerada de Mallorca, el Crist de la Sang, el de la primera cofradía que hubo en la isla. Este Jueves Santo ha sido multitudinario pero era aún más ruidoso antes. En aquella Palma donde los «xuetes» todavía tenían un complicado estatus de segregación —no hace tanto tiempo—, los chicos hacían sonar con insistencia unas matracas de madera, las «roncadores», «maçoles» o «carraus», para —decían— «espantar els jueus» (asustar a los judíos). Luego, sí, venía el silencio del Viernes. Y el Sábado de Gloria ya estaba permitido comer empanadas —en breve habrá una entrada sobre esto—. Recuerdo cómo el ambiente cambiaba por completo la mañana del Domingo de Resurrección con el repique de campanas y los cañonazos que soltaban las baterías del castillo de San Carlos.

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La del Viernes Santo, la Processó del Sant Enterrament, siempre es la más recogida. Hoy sigue un recorrido casi circular desde la basílica de Sant Francesc hacia la Plaça de Santa Eulàlia. Desde allí, por la calle Cadena entra en la Plaça de Cort, sigue por la calle Colom hacia Bosseria, Plaça d’en Coll, calle Galera, calle Corderia, Plaça de la Quartera, calle Esparteria, Plaça del Mercadal, travessia d’en Ballester, calle Socors y acaba con la ceremonia del Sant Enterrament en la iglesia de Nostra Senyora del Socors.

Nosotros nos quedamos enfrente del portal de Sant Francesc, con su Sant Jordi arriba, dominando el gran rosetón. Los pasos —la Virgen dolorosa, el Cristo yacente en la urna de cristal…— aguardan a un lado de la plaza y, muy despacio, las cofradías van saliendo del templo. El inicio lluvioso de esta primavera ha lavado el aire y ahora un cielo terso, azul, desmiente lo tenebroso de la liturgia. La piedra ocre de la fachada de la iglesia se tiñe de rojo mientras el sol desciende. Poco a poco nos cubrirá la oscuridad.

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Sin embargo hay unos inesperados geniecillos que siempre trabajan afanosamente contra las tinieblas. Los chicos más pequeños, algunos con gesto de responsabilidad, otros de juego o hasta de burla, corren entre los encapuchados encendiendo los cirios que se apagan y evitando que se formen churretones de cera. Las calles, de todas formas, quedarán durante semanas resbaladizas y emitiendo un chirrido peculiar al paso de los neumáticos y las suelas de goma.

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Mañana será Sábado de Gloria. Antes de la reforma litúrgica de 1969 era el día de repicar las campanas, que debían sonar justo a las diez de la mañana. La fiesta se mezclaba entonces con la del renacer de la tierra. Bajo las campanadas, los niños repetían: «cuquetes sortiu des niu, que el Bon Jesús ja és viu» (bichitos salid del nido que el Buen Jesús ya está vivo). Se iniciaba el Ciclo de Pascua con la bendición del agua de las fuentes bautismales —decían que si se bautizaba un niño con esta primera agua bendita, su cuerpo al morir quedaría incorrupto—, y se encendía el Foc Nou (fuego nuevo), con chispa de piedra, llevándolo luego de casa en casa a todas las del pueblo o de la parroquia propia. También eran entonces los niños quienes se encargaban de esta tarea entrando en las casas al grito de «Llum, llum, llum!»

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