
Jóvenes, algunos de ellos apenas muchachos, vigilan los puestos donde se venden casetes de procedencia incierta, con carátulas fotocopiadas pero sin etiquetas. Otros muchachos atienden unos tenderetes que ofrecen bebidas frías mezcladas al instante, dejando gotear sirope dulce de colores desde hileras de tubos de vidrio en el agua carbonatada. Los puestos de los carniceros huelen bajo el calor a la sangre de los animales recién sacrificados, mientras los compradores examinan la mercancía y discuten para obtener un mejor corte por su dinero.
No hay tregua, es decir, salvo en las casas de té, donde la gente se sienta a la sombra, a veces sobre plataformas elevadas con divanes y mesas bajas; otras, alrededor de mesas y sillas de estilo occidental. Ante ellos se colocan teteras —¿verde o negro?, ¿con leche o sin?— endulzadas con pepitas doradas de azúcar de uva. Casi invariablemente, el té llega a la mesa en sencillas teteras ovoides esmaltadas en azul, oro y blanco, con la imagen estilizada de la cápsula de algodón, que representa el principal cultivo comercial de la región.
Pedimos nuestro té —зелёный с молоком, пожалуйста— y reflexionamos sobre el viaje que hemos emprendido hasta este confín del mundo, este lugar tan encerrado entre tierras, este Andijon, en el pródigo y legendario valle de Ferganá, en el este de Uzbekistán. Aquí, el extranjero siempre es observado y no puede confiar en la multitud para conservar el anonimato. Las miradas nos siguen por todas partes, a veces recelosas, a veces curiosas o divertidas, quizá preguntándose por qué hemos venido, entre todos los lugares posibles, a este rincón del globo.
Bebemos lentamente, y damos a nuestros pies hinchados unos minutos para que se liberen un poco de la estrechez de nuestras botas fatigadas por el camino, mientras observamos al panadero supervisar a sus jóvenes ayudantes, que introducen bola tras bola de masa cruda en un horno tradicional excavado en el suelo, cada una destinada a convertirse en breve en el pan fresco del día.



Add comment