Gracias


Tarnów. La tumba del tío Bem entre el cielo y la tierra. El museo de la amistad polaco-húngara. Una antigua ciudad comercial entre Cracovia y Leópolis, más tarde primera estación del ferrocarril galiciano: una plaza mayor renacentista con ricas casas de mercaderes, una hilera continua de palacios modernistas a lo largo de las murallas del casco antiguo. Un gran pasado judío, una historia rica, familias ilustres, conexiones húngaras, sinagogas, palacios y cementerios que aún se mantienen en pie. Un magnífico álbum fotográfico sobre el viejo Tarnów, con doscientas cincuenta imágenes raramente vistas, en su mayoría procedentes de colecciones privadas, con texto paralelo en polaco e inglés. Lo he leído y he escaneado de él todo lo que necesitaba, y ahora quisiera donarlo a la biblioteca central de Budapest, para que otros puedan consultarlo.

Ella lo hace girar entre las manos, como el guardia fronterizo el pasaporte de piel rojiza de Maiakovski. «Déjemelo, preguntaré por ello.» Al cabo de un rato vuelve. «Dicen que debería llevarlo al instituto polaco; aquí no leen en este idioma.» «Pero esto es un álbum de fotos, la historia de una ciudad, con imágenes importantes y raras. Y mire, hay texto paralelo en inglés en cada página.» «Ah, ¿de verdad?» Se esfuerza. «Déjelo aquí; mi jefa no está ahora, debería preguntarle si lo necesitamos.» «Pero no lo van a tirar, ¿verdad? Porque entonces, por favor, devuélvamelo: puedo donarlo en otra parte.» «No, no. En cuanto a tirarlo, eso no lo haremos.» «Gracias.»


Silesia. La Arcadia de Goethe, el hinterland cultural del Berlín del siglo XIX — «jeder zweite Berliner stammt aus Schlesien»—, la Transilvania perdida de la Alemania de posguerra. Breslau/Wrocław, la ciudad desaparecida y la que nunca fue. La literatura sobre Silesia, relanzada en los años noventa tras una larga pausa, queda resumida por el reciente libro de Hans-Dieter Rutsch, que ofrece una visión de conjunto de la recepción alemana moderna de Silesia, desde el Romanticismo alemán hasta el cambio de milenio. Lo compro justo después de su publicación, lo leo y tomo notas. Luego quisiera donarlo.

En el mostrador de préstamo de la Staatliche Bibliothek de Berlín agradecen el libro, dan las gracias, y parece que realmente les alegra. Y unas semanas más tarde me envían una carta desde el departamento de adquisiciones de la biblioteca.


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