Es una experiencia extraña ver que no solo nuestro mundo occidental alberga fantasías sobre otras civilizaciones, sino que ellos también las tienen sobre nosotros. Cierto, para la mayoría de ellos, la cultura occidental ya es una realidad incorporada en su vida diaria que no deja mucho espacio para la fantasía. Sin embargo, hay algunas excepciones, como por ejemplo Persia.
No sé si la historia que escuché cuando era adolescente, de que Jomeini, cuando le preguntaron su opinión sobre la música de Bach y Beethoven, respondió algo como «No conozco a esos señores», sea cierta o no. Sin embargo, lo que sí es seguro es que hoy en día no hay muchas posibilidades de familiarizarse con ellos en Irán.
Las tiendas de CDs en Teherán son elegantes, su surtido de CDs es majestuoso y los dependientes son encantadoramente amables. Pueden competir con cualquier tienda occidental. Pasamos varias horas en ellas, escuchando CDs de música clásica persa, tomando té —en Siyah o Sefid («Negro y Blanco», porque comparte el local con un cine) no había té, así que nos dieron bebida de durazno en caja de cartón con popote— y conversando con los asistentes, quienes a menudo tocan algún instrumento iraní ellos mismos. Lo único que nos sorprendió fue la selección de CDs de música clásica europea. No es que no hubiera ninguno, porque sí los había. Pero su disposición era tan casual como la de la música clásica china, árabe o persa en la mayoría de las tiendas europeas. Buenos y malos mezclados, seleccionados al azar, sin ningún principio de organización interna —estamos tan acostumbrados a los principios uniformes de organización aplicados en cada tienda europea de CDs que su ausencia nos sorprende. Todo esto nos hizo sospechar que el público local conocía esta música tan poco como nosotros conocemos la música china, árabe o persa. Y sospechábamos bien.
Todavía en casa habíamos decidido llevar algunos CDs de Bach como regalo. Aquellas músicas que más amamos y apreciamos —las sonatas para violín solo interpretadas por Grumiaux y el Arte de la Fuga de Sokolov— y a través de las cuales podemos mostrar lo mejor de nuestra cultura a personas cuya cultura nos ha dado tanta música maravillosa en los últimos años. Era curioso observar los rostros de quienes recibían estos CDs. Aparte de la novedad que implica que un europeo regale —hasta donde vimos, esto sorprendió a todos—, reflejaban una profunda pero contenida reverencia, como si recibieran las obras de un gran filósofo en una edición de lujo, en el idioma original. Sabían que Bach es un gran nombre para una gran civilización, pero no tenían un vínculo personal con él. Sucedió justamente en Siyah o Sefid que, hablando sobre lo que hace que la música sea buena, pusimos uno de los CDs en el reproductor, y mientras Sokolov tocaba, analizábamos por qué la música que interpretaba era buena. El CD había llegado a la mitad cuando el asistente —quien, por cierto, estaba muy versado en música clásica persa— comprendió que esto también era música y no solo un ícono cultural, y que podía ser tocada y analizada como su propia música conocida. Que podía tener una relación personal con ella.
Davood Azad aún no lo había logrado. Como reconocido laudista y cantante persa y, no menos importante, como auténtico sufí, hace dos años, en el Año de Rumi, publicó en honor a su maestro Rumi su CD El Diván de Rumi y Bach, en el cual canta los poemas de Rumi acompañándose con el tar, laúd típico del norte de Irán con forma de número 8, mientras que el acompañamiento está dado por algunas obras de piano de Bach. Teóricamente, esto podría resultar interesante, aunque nunca he escuchado una rearmonización de Bach que añadiera algo al valor del original en lugar de disminuirlo. Pero el resultado no convence. La música tiene un efecto grotesco, cómico. Está dividida de manera extraña. El canto y el tar cumplen con los estándares de la música persa, aunque su calidad se ve sin duda afectada por el hecho de que deben renunciar al ritmo meditativo de la música persa y adaptarse al ritmo europeo impuesto. La pieza de Bach, sin embargo, suena tan mecánica y primitiva como una zanfona.
Rumi: Blessings unto you + Bach: Tercera Suite Inglesa, Gavotte I y II (7'40")
Jean Durand escribe en su gran monografía introductoria El arte de la música persa (Washington, 1991): «Cuando no entendemos un tipo de música, tendemos a encontrarla monótona y repetitiva. La música occidental, de hecho, parece muy monótona para muchos orientales.» Si esto es cierto, en este CD podemos escuchar con nuestros propios oídos cómo les parece.
Es una sensación extraña escuchar a Bach interpretado por un músico que está técnicamente cualificado para la reproducción acústica de la partitura, pero que no posee la tradición que podría guiarlo cómo interpretarla. En Europa, cuando uno aprende a dominar el piano a este nivel, ya ha adquirido —en gran medida sin darse cuenta— también esta tradición. Sabe de qué trata esta música, cuál es su dinámica interna —en Bach, el contrapunto— que debe desplegar en la interpretación y cuánto espacio le deja para desarrollar su propia personalidad. Tendrá una relación personal con ella. Esta relación puede ser de muchos tipos, desde los sutiles adornos señalísticos de Perahia hasta los tonos ricos de Schiff o las tensiones de Glenn Gould. Incluso la extrema distancia de Robert Levin no es idéntica al sonido mecánico de la zanfona de Azad: la distancia también es una relación que puede gustarte o no. (Sin embargo, me parece curioso que la Bachakademie de Stuttgart seleccionara precisamente su interpretación para las Obras Completas de Bach de Hänssler.)
Murray Perahia, Gavotte I (1'32") y Gavotte II (1'38")
Glenn Gould, Gavotte I (0'50") y Gavotte II (1'09")
Robert Levin, Gavotte I y II (3'48")
András Schiff, Gavotte I y II (3'21")
Ivo Pogorelich, Gavotte I y II (4'31")
La cuestión es por qué uno interpreta música con la que no tiene relación. Al leer la prensa persa y occidental sobre Azad, veo que, probablemente, por la misma razón que anima a grupos europeos y americanos a interpretar —completamente malinterpretada— música tibetana o árabe: porque hay demanda en el mercado. Los blogs persas escriben con admiración sobre «nuestro hijo» que fue capaz de poner incluso la música occidental al servicio del misticismo islámico, mientras que los círculos esotéricos occidentales escuchan con reverencia los fragmentos de música oriental, extremadamente simplificados y forzados al marco del ritmo y la melodía occidentales, y tocados con una expresión eterealizada por un iraní sufí que parece un encantador gurú. Qué mucho más sencillo y gratificante es esto que lo que hace el mayor intérprete vivo de tar, Majid Derakhshani, por ejemplo, estableciendo en Alemania una institución para la difusión de la música persa auténtica en Occidente, y acompañando con tal música los poemas de Rumi, como en la siguiente grabación, donde actúa junto al mayor cantante persa vivo, Mohammad Reza Shajarian.
Rumi - Shajarian, Derakhshani: Ân jâm-e jân afzâi-râ bar-riz bar jân sâqia! (¡Sirve esa copa que aumenta el alma en mi espíritu, copero!)



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