Domingo de Pascua en Cerdeña

En Oliena, el Domingo de Pascua —como siempre— comienza con disparos. Vestidos con trajes tradicionales que aquí se han conservado desde el Renacimiento, los tiradores se alinean junto a la barandilla de la iglesia parroquial inferior de la Virgen María y van disparando cargas de fogueo una tras otra, creando un espacio acústico literalmente ensordecedor y, sin embargo, de algún modo armónico, que prepara el momento culminante de la fiesta: s’incontru, el rito del encuentro. Desde un lado llega el Cristo resucitado, desde el otro la estatua de la Virgen María; ambos son llevados a la plaza principal, esparcida con romero y lavanda, donde Cristo se inclina ante su madre.

El suelo de la pequeña iglesia medieval de Santa Croce también está cubierto de lavanda. Desde aquí partirá la procesión del Cristo resucitado. Hacia las nueve de la mañana todavía está vacía. Solo hacia las diez llega el núcleo de la procesión: la cruz, los estandartes de las cofradías y la propia estatua, que colocan sobre la mesa en el centro. Mientras esperan a los demás participantes, los presentes charlan, se hacen selfis y ofrecen dulces y vino. Se nota que los viticultores locales han reservado para la ocasión sus mejores vinos caseros.

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Luego la procesión sale lentamente de la capilla: primero la cruz, después los estandartes, y por último se alza la estatua, seguida por una larga fila de fieles.

Al final de la calle que desemboca en la plaza principal, se detienen, esperando a que la procesión de la Virgen María llegue desde el lado opuesto. Entre ambas, la alfombra de lavanda ya está rodeada por hombres y mujeres vestidos con trajes tradicionales, formando un pasillo por el que entran y se encuentran las dos estatuas. Detrás, el pueblo entero y los visitantes. Por segunda vez ya me encuentro con húngaros entre ellos, y todos dicen que llegaron atraídos por las crónicas anteriores del Domingo de Pascua del Río Wang.

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A una señal central, la procesión se pone en marcha de repente y entra en la plaza entre las dos filas. Debería haber conseguido un buen sitio a tiempo detrás del pasillo para poder grabar de cerca el encuentro entre Cristo y su madre. Desde aquí solo se adivina el movimiento lejano de las dos estatuas entre la multitud festiva, y el momento exacto del encuentro lo marca una ensordecedora descarga de disparos desde la barandilla de la iglesia.

Y luego la procesión se pone en marcha subiendo por la calle principal, acompañando en doble fila a las estatuas y banderas hasta la iglesia de San Ignacio, en la plaza alta, para la gran misa de Pascua.

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La procesión la cierra una familia de cuatro miembros, cuya indumentaria es muy distinta a la de los demás. “¿Por qué tan diferente?”, les pregunto. Resulta que vienen de Samugheo, en la costa occidental, porque la madre es de allí, aunque se casó aquí, y llevan el traje tradicional de aquel lugar. Es una riqueza fantástica: esta abundancia de vestimentas y joyas que vemos en un solo pueblo existe en formas distintas en cada pueblo de la isla.

Quien ha conseguido entrar en la iglesia asiste a la misa; quien no, vive la vida social frente a los bares de la calle principal, con prosecco y vino tinto servidos allí, o con vino casero y pasteles que van pasando de mano en mano. Los que han vuelto para la fiesta se encuentran con los locales, fotografían a los recién nacidos y se asombran de lo mucho que han crecido los niños. Los niños, por su parte, llevan su propia vida social, con una gracia casi adulta: persiguen los globos que se han escapado y ensayan los pasos para el baile circular después de la misa.

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Es imposible acceder a las barras del bar; bajo a la taberna de la plaza inferior para tomar una cerveza. El local está invadido por los tiradores de la ceremonia de la mañana. Cuando pido mi cerveza en la barra, el tirador que está a mi lado le dice enseguida a la camarera que la paga él. Le doy la mano y empezamos a charlar. Me cuenta que hace dos años reorganizaron el ya algo caótico disparo festivo, creando la asociación civil de los Tiradores de Oliena “S’Incontru”. Se hacen fotos; por la noche se las enviaré.

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Cuando regreso a la plaza principal superior, los niños ya están sentados en filas alrededor de la pista de baile. Cuando la multitud sale a raudales de la iglesia, todos bajan aquí. Suena el acordeón y comienza el baile. Las primeras una o dos danzas en corro las hacen los niños; luego, poco a poco, los adultos con traje tradicional, y después los vecinos vestidos de calle, van formando también sus propios círculos.

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Hacia la una empiezan a ir llegando los participantes, dejándose llevar por la llamada del almuerzo. En la plaza inferior cada uno recoge unas ramitas de lavanda y romero. Nos explican que, cuando se sequen, deberán quemarse la víspera de San Juan, y con las cenizas hay que persignarse tres veces.

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Justo alcanzamos a ver cómo una procesión «secreta» devuelve desde la iglesia principal la estatua de la Virgen y las banderas a la capilla original. Poco a poco van recuperándose los marcos cotidianos de la vida.

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