İyi bayramlar

En el bazar de Urfa se come. No simplemente por placer, sino como si fuera cuestión de vida o muerte. En cada esquina, en cada tienda y delante de cada puesto, en cada pasaje, han improvisado mesas; alrededor se sientan comerciantes, ayudantes y clientes, y todos comen con total entrega. Hoy es el último día de Ramadán, el momento para poner fin al ayuno de todo el día con una comida rápida de emergencia, antes de que el bazar cierre y cada uno vuelva a casa para sentarse a la mesa familiar y celebrar el Eid al-Fitr, la fiesta del fin del ayuno.

Mientras recorremos el bazar, aquí y allá nos hacen señas, nos invitan a probar un bocado o incluso a aceptar un plato entero. Les damos las gracias con un «İyi bayramlar» —felices fiestas—, y se iluminan por completo al oírlo de boca de infieles.

Al final del bazar hay un vendedor de paraguas. Tengo que comprarle uno pequeño, de los que caben en el bolso, porque en Mesopotamia sigue lloviendo y el anterior lo destrozó el viento de la estepa en la colina de Karahantepe. Solo tiene dos pequeños: uno rojo y uno negro. Quiero el negro, pero resulta que es el suyo, no lo vende. Así que compro el rojo y me despido con un «İyi bayramlar». Él reacciona como si le hubiera caído un rayo: levanta la cabeza, sonríe ampliamente y me devuelve el saludo. Caminamos quizá cien metros cuando su joven ayudante me llama desde atrás. Me doy la vuelta: me tiende el negro; el maestro lo cambia por el rojo. İyi bayramlar.

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