La lengua de las serpientes

“Tiré de la barba del tío Vootele y le pregunté:

‘¿Quién era ese Manivald? ¿Por qué vivía junto al mar? ¿Por qué no vivía en el bosque, como nosotros?’

‘El mar era su hogar’, respondió mi tío. ‘Manivald era un hombre anciano y sabio. El más viejo de todos nosotros. Él llegó a ver incluso al Dragón del Norte.’

‘¿Quién es el Dragón del Norte?’, pregunté.

‘El Dragón del Norte es una serpiente enorme’, respondió el tío Vootele. ‘Es el más grande de todos, más poderoso incluso que el Rey Serpiente. Es tan grande como el propio bosque y además puede volar. Cuando se eleva al cielo con sus inmensas alas, oculta el sol y la luna. Antiguamente subía a menudo a los cielos para devorar a los enemigos que atracaban en nuestras costas. Después de consumirlos, todos sus tesoros pasaban a ser nuestros. Éramos inmensamente ricos y poderosos, y todos nos temían, porque nadie salía vivo de estas costas. Pero como conocían nuestras riquezas, su avaricia siempre vencía a su miedo. Cada vez más barcos navegaban hasta nuestras costas para apoderarse de nuestros tesoros, pero el Dragón del Norte acababa con todos ellos.’

‘Yo también quiero ver al Dragón del Norte’, dije.

‘Me temo que ya no es posible’, suspiró el tío Vootele. ‘El Dragón del Norte se ha dormido y no sabemos cómo despertarlo. Somos demasiado pocos.’

‘¡Algún día volveremos a ser capaces de hacerlo!’, interrumpió Tambet. ‘¿Cómo puedes decir semejantes cosas, Vootele? ¿Qué clase de charla indigna es esa? Recuérdalo bien: los dos viviremos para ver el día en que el Dragón del Norte vuelva a alzar el vuelo hacia el cielo para devorar a todos los miserables hombres de hierro y a todas las ratas de aldea!’

‘El que dice tonterías eres tú’, respondió mi tío. ‘¿Cómo podría llegar ese día, si tú mismo sabes perfectamente que para despertar al Dragón del Norte hacen falta al menos diez mil personas? Solo cuando esas diez mil personas pronuncien juntas las palabras de las serpientes, el Dragón del Norte despertará en su nido secreto, y solo entonces volverá a elevarse hacia los cielos. Muéstrame dónde están esas diez mil personas. ¡Si ni siquiera conseguimos reunir a diez!’

‘¡No debemos rendirnos jamás!’, respondió Tambet furioso. ‘¡Piensa en Manivald! Él nunca dejó de tener esperanza y cumplió en silencio con su tarea, sin quejarse. Cada vez que aparecía un barco en el horizonte, encendía inmediatamente un tronco seco para que todos supieran que había llegado de nuevo el momento de despertar al Dragón del Norte. Nunca se rindió, aunque ya nadie respondía a sus hogueras de señal, y por eso los barcos de los extranjeros podían atracar sin oposición y los hombres de hierro desembarcaban impunemente. Aun así, nunca se encogió de hombros. Como siempre, siguió desenterrando los tocones de raíz, secándolos, encendiéndolos cuando era necesario, y después esperaba, simplemente esperaba y seguía esperando. Esperaba que algún día, quizá, el poderoso Dragón del Norte volviera a elevarse sobre el bosque, exactamente como en los gloriosos tiempos antiguos.’

‘Nunca volverá a elevarse’, dijo sombríamente el tío Vootele.

‘¡Quiero verlo!’, insistí. ‘¡Quiero ver al Dragón del Norte!’

‘Nunca lo verás’, declaró mi tío.

‘¿Ha muerto?’, pregunté.

‘No, nunca puede morir’, respondió. ‘Sólo está dormido. Pero no preguntes dónde. Nadie lo sabe.’

Me quedé callado, decepcionado. La historia del Dragón del Norte había comenzado de una manera maravillosa, pero su final resultaba completamente desalentador. ¿De qué sirve una cosa tan maravillosa si nadie puede verla jamás?”

Este es un libro sobre una transición dolorosa, sobre la pérdida de una antigua inocencia, de una época en la que los seres humanos todavía hablaban con los animales y vivían en armonía con la naturaleza. Por supuesto, una época así nunca existió realmente, pero resulta reconfortante recordar de este modo aquellos tiempos lejanos, antes de que la civilización occidental llegara a las costas paganas de Estonia a bordo de los barcos de los caballeros cruzados daneses y alemanes. Precisamente porque sabemos tan poco sobre el mundo que existía antes de la llegada de los cruzados, podemos imaginarlo como una época de armonía primordial.

Pero la novela de Andrus Kivirähk El hombre que hablaba la lengua de las serpientes (2007) no es un libro de historia disfrazado de fantasía. Ciertamente puede leerse como una poderosa alegoría del pasado de Estonia, de la conquista germánica y cristiana, de la transformación de la antigua cultura estonia y del dilema de qué debería conservar una pequeña nación de su pasado. Precisamente por eso constituye también una excelente introducción a la literatura de los pueblos bálticos.

El protagonista, Leemet, es una de las últimas personas que todavía conocen la lengua de las serpientes. No es simplemente una lengua hablada, sino un don mágico: quien la posee puede dar órdenes a las serpientes y a muchos otros animales, manteniendo una comunión con la fuerza sobrenatural del bosque.

Pero en realidad no se trata de magia, sino de una relación. Para quien habla la lengua de las serpientes, la serpiente no es simplemente un animal, sino un interlocutor, un aliado, una persona. Cuando la lengua desaparece, las serpientes no se convierten en reptiles mudos porque hayan perdido la voz; más bien enmudecen porque los seres humanos han perdido la conexión con ellas.

Para los lectores estonios, este simbolismo resulta especialmente poderoso. Durante siglos, la lengua estonia fue relegada a un segundo plano como una lengua pequeña, bárbara y despreciada: primero bajo el dominio de las órdenes cruzadas alemanas, después durante los periodos sueco y ruso, y finalmente bajo el régimen soviético. Para muchos lectores, la «lengua de las serpientes» se ha convertido también en una metáfora de la lengua materna. Cuando ya nadie la habla, con ella desaparece todo un mundo.

«Estaba regresando de la fuente con el pesado recipiente de agua colgado del hombro cuando un gran alce apareció en el camino. Esperando la habitual perplejidad, le siseé con apenas disimulado desprecio las palabras de serpiente más sencillas. Pero el alce no se asustó en absoluto al escuchar de boca humana unas antiguas palabras de mando olvidadas hacía mucho tiempo. Al contrario, inclinó la cabeza, se acercó apresuradamente a mí, se arrodilló y, como los alces solían hacer en los tiempos antiguos, me ofreció el cuello. ¡Cuántas veces había visto de niño cómo mi madre conseguía así las provisiones de invierno para nuestra familia! Elegía del rebaño la hembra adecuada, la llamaba hacia sí y el animal, obediente a las palabras de las serpientes, permitía sin más que le cortaran la garganta. La carne de una hembra adulta de alce nos habría durado hasta el final del invierno. Comparada con nuestro sencillo método de conseguir alimento, la estúpida caza de los aldeanos parecía ridícula. Pasaban largas horas persiguiendo ciervos, disparaban al azar innumerables flechas entre la maleza y a menudo tenían que volver a casa con las manos vacías y decepcionados; cuando solo habrían necesitado unas pocas palabras para someter al animal a su voluntad. Exactamente como yo había hecho ahora. El gran y poderoso alce yacía a mis pies esperando el golpe. Podría haber acabado con él con un solo movimiento de la mano. Pero no lo hice.

En lugar de eso, me quité del hombro el recipiente y le ofrecí agua. Bebió tranquilamente. Era un toro viejo, muy viejo; tenía que serlo, pues de otro modo ¿cómo habría podido recordar cómo debía comportarse un alce cuando un ser humano lo llamaba? Aunque se hubiera agitado y pateado, aunque hubiera intentado aferrarse con los dientes a las ramas de los árboles, la fuerza de las antiguas palabras lo habría atraído igualmente hacia mí, y al final habría llegado como un animal enloquecido. Pero vino como un rey. No importaba que hubiera venido para entregar su vida. Incluso eso debía hacerse con dignidad. ¿Qué tiene de humillante someterse a las antiguas leyes y costumbres? Nada, a mi parecer. Nunca sacrificábamos un alce por diversión: ¿qué placer podía haber en algo así? Necesitábamos alimento, y existía una palabra de poder para obtenerlo, una palabra que los alces conocían y obedecían. Lo humillante es olvidarlo todo, como esos jóvenes jabalíes y corzos que estallan como vejigas al oír las palabras antiguas. O como los aldeanos, que salían a cazar alces en grupos de diez. Lo degradante es la estupidez, no la sabiduría.

Le di de beber, acaricié su cabeza y el alce frotó el hocico contra mi abrigo de piel. ¡Así que el viejo mundo todavía no había desaparecido por completo! Mientras yo viva, y mientras siga vivo este viejo alce, en algún lugar de este inmenso bosque quedarán quienes no solo recuerden las palabras de las serpientes, sino que todavía las comprendan.

Lo dejé marchar. Que viva todavía muchos años. Y que recuerde».

La novela está ambientada en una época en la que el antiguo mundo forestal de los estonios está desapareciendo lentamente. La gente abandona el bosque, se instala en aldeas, comienza a practicar la agricultura y adopta —e incluso idolatra— las nuevas costumbres llegadas de Occidente. Es un proceso que muchos antropólogos del siglo XX han descrito: cuando una pequeña comunidad entra en contacto con el mundo moderno, las personas a menudo no cambian porque se las obligue a hacerlo, sino porque la nueva forma de vida parece más sencilla, más segura o más prestigiosa. Las culturas a menudo desaparecen no por la violencia, sino por el deseo. Esta es una de las ideas más inquietantes de la novela.

La historia no destruye aquello que conquista. Destruye aquello que deja de ser necesario. Es una verdad cruel. Nos gusta pensar que una cultura solo puede desaparecer mediante la violencia. Pero no es así. La mayoría de las culturas no mueren porque sean prohibidas. Mueren porque un día nadie desea seguir viviéndolas. Es una tragedia de naturaleza completamente distinta.

“Quería convertirse en un hombre de la nueva era, y el hombre de la nueva era no vive en el bosque sombrío, sino en una aldea bajo el cielo abierto. Cultiva centeno, trabajando todo el verano como una sucia hormiga, solo para poder atiborrarse de pan con expresión solemne y parecerse más a los extranjeros. El hombre de la nueva era necesita una hoz para inclinarse cada otoño sobre los campos y cosechar su grano, y un molino manual con el que pueda molerlo hasta convertirlo en harina mientras jadea y se fatiga.

El tío Vootele me contó que, cuando mi padre aún vivía en el bosque, se consumía de envidia y frustración cada vez que pensaba en la fascinante vida de los habitantes de la aldea y en las maravillosas herramientas que poseían. “¡Tenemos que mudarnos al pueblo inmediatamente!”, gritaba entonces. “¡De lo contrario la vida pasará de largo sin nosotros! Hoy en día toda persona normal vive bajo el cielo abierto, ¡no entre los matorrales! ¡Yo también quiero arar y sembrar, como se hace en todas partes del mundo civilizado! ¿Por qué habría de ser inferior a ellos? ¡No quiero vivir como un mendigo! ¡Mirad a los Hombres de Hierro y a los monjes! ¡Se ve a una legua que nos llevan al menos cien años de adelanto en el progreso! ¡Debemos hacer todo lo posible para alcanzarlos!””

Esta novela trata precisamente de esa transición de una civilización a otra. Sus temas centrales son el conflicto entre la tradición y la modernización, la oposición entre la naturaleza y la civilización, la pérdida de la memoria cultural y la soledad de quienes ya no pertenecen al nuevo mundo. No es una novela fantástica convencional, sino más bien un relato agridulce sobre cómo desaparecen las lenguas, las creencias y, finalmente, formas enteras de ver el mundo. En realidad, Kivirähk no ha creado un mundo fantástico, sino un mito sobre cómo mueren las culturas.

En la mayoría de las historias, la civilización representa el progreso. Aquí, la civilización es el olvido. Al trasladarse a las aldeas, las personas no solo aprenden cosas nuevas, sino que también pierden algo. Olvidan el lenguaje de los animales, las leyes del bosque, las antiguas historias y, finalmente, incluso el conocimiento de que alguna vez fue posible vivir de otra manera. El olvido no aparece aquí como un momento trágico único, sino como un proceso lento y casi imperceptible. Nadie declara nunca: “A partir de ahora dejaremos de hablar la lengua de las serpientes”. Simplemente cada vez menos personas consideran que vale la pena aprenderla, hasta que ya nadie se la enseña a sus hijos. Así es, al fin y al cabo, como desaparecen las lenguas y las culturas en la vida real.

En la literatura fantástica, la desaparición de la antigua magia suele ser un acontecimiento triste, pero siempre queda la esperanza de que un héroe elegido consiga preservarla. En la novela de Kivirähk no hay elegido, ni profecía, ni gran batalla. La magia simplemente se extingue. Y precisamente eso es lo que la hace tan convincente. Es como si un antropólogo hubiera escrito una obra de fantasía.

Leemet, el protagonista, pertenece a un antiguo arquetipo literario: el último testigo. No es el último ser humano sobre la Tierra, sino la última persona que aún recuerda algo. Como aquellos sobre los que escriben los antropólogos: el último hablante de una lengua extinguida, la última persona que recuerda un ritual olvidado, el último herrero o cantor de una aldea. Cuando una persona así muere, no desaparece solo un individuo, sino todo un conjunto de conocimientos. Esta es la inversión que Kivirähk hace de la fantasía.

“Dicen que hubo un tiempo en que era completamente natural que los niños aprendieran la lengua de las serpientes desde pequeños. Por supuesto, aparte de los verdaderos maestros, siempre hubo quienes no comprendían todos sus matices ocultos, pero incluso ellos podían desenvolverse bastante bien en la vida cotidiana. Todos hablaban la lengua de las serpientes, que los antiguos Reyes Serpiente habían enseñado a nuestros antepasados en los albores del mundo.

Cuando yo nací, todo había cambiado. Aunque las personas mayores todavía utilizaban en cierta medida las palabras de las serpientes, eran pocos los que poseían un verdadero dominio de ellas, mientras que la generación más joven ni siquiera se molestaba en enfrentarse a una lengua tan difícil. La lengua de las serpientes no es un idioma sencillo. El oído humano apenas puede distinguir las sutiles diferencias que separan un siseo de otro, aunque esas pequeñas variaciones cambian por completo el significado de lo que se dice. Además, la lengua humana al principio es torpe y rígida, por lo que todos los siseos de un principiante suenan casi iguales. Por eso aprender la lengua de las serpientes comienza con ejercicios de la propia lengua: sus músculos deben entrenarse cada día hasta volverse tan ágiles y flexibles como los de las serpientes. Al principio resulta bastante tedioso, así que no es sorprendente que muchos habitantes del bosque decidieran que el esfuerzo no merecía la pena y se mudaran al pueblo, donde la vida era mucho más interesante y donde ya no hacía falta conocer la lengua de las serpientes.”

Al mismo tiempo, la novela no sostiene que debamos regresar todos al bosque. Más bien plantea otra pregunta: ¿es posible abrazar el progreso sin amputar nuestro propio pasado? Esta no es una pregunta exclusivamente estonia, sino una cuestión a la que toda sociedad debe enfrentarse tarde o temprano.

A menudo creemos que una cultura puede conservarse. Podemos escribirla, fotografiarla, colocarla en un museo. Kivirähk sugiere lo contrario. Una cultura permanece viva únicamente mientras alguien continúa practicándola. La lengua de las serpientes no desaparece porque nadie la haya registrado. Desaparece porque ya nadie desea hablarla.

Por eso en la novela no existe un verdadero villano, lo cual es una brillante decisión artística. Si hubiera un gobernante malvado, si todo el sufrimiento procediera de los “Hombres de Hierro” y de los “monjes”, todo sería sencillo. Pero Kivirähk se niega a concederle al lector esa comodidad. Aquí todos son comprensibles, todos son humanos. Y precisamente por eso la historia resulta trágica.

Los verdaderos adversarios de la antigua cultura no son los extranjeros mismos, sino aquellos estonios que eligen adoptar la forma de vida de los extranjeros y servirlos, del mismo modo que los pueblos autóctonos de las tierras bálticas pasaron casi mil años como súbditos despreciados de sus conquistadores alemanes. La oposición fundamental de la novela no está entre los estonios y los forasteros, sino entre el bosque y la aldea.

El bosque no es simplemente un lugar donde vivir. Es un mundo vivo y mágico donde los seres humanos todavía forman parte de la naturaleza. Se puede hablar con los animales, los osos poseen personalidades propias, las serpientes custodian antiguos conocimientos y su lengua sirve como idioma común de todas las criaturas del bosque. En efecto, la representación de los animales es uno de los rasgos más extraordinarios de la novela: no son un simple decorado ni caricaturas antropomórficas, sino verdaderos animales, cada uno con un carácter propio e inconfundible.

“Las serpientes están inmensamente orgullosas de su piel. Cualquier pequeño arañazo les causa un profundo dolor, y cuando sufren algún accidente, por mínimo que sea, esperan ansiosamente la llegada de la muda, cuando podrán vestir una nueva piel impecable. Son especialmente sensibles con su piel nueva y pueden enfurecerse de verdad si alguien las salpica accidentalmente con la grasa de la carne asada o las toca con dedos manchados de morado por recoger arándanos. En cuanto a sus pieles viejas, abandonadas, agrietadas y desechadas, no solo sienten repulsión, sino también miedo. Durante los largos meses de invierno, cuando no salen jamás de sus madrigueras, las madres víboras aterrorizan a sus crías con innumerables historias espantosas. Todas ellas hablan de viejas pieles abandonadas que, de algún modo misterioso, vuelven a la vida, persiguen a sus antiguos dueños y los estrangulan hasta matarlos. Las pequeñas víboras tiemblan de miedo, pero en cuanto su madre termina, inmediatamente suplican:

‘¡Cuéntanos otra! ¡Cuéntanos otra historia sobre la piel malvada!’”

O pensemos en los osos, que persiguen constantemente a las mujeres humanas:

“Era algo completamente habitual, pues pocas mujeres podían resistirse a los osos. Eran tan grandes, tan suaves, tan tiernos y estaban cubiertos de un pelo tan maravilloso. Además, habían nacido seductores, estaban perdidamente enamorados de las mujeres humanas y nunca dejaban pasar una oportunidad de acercarse a una y murmurarle al oído. En los viejos tiempos, cuando la mejor parte de nuestro pueblo aún vivía en el bosque, ocurría a menudo que un oso se convertía en amante de una mujer, al menos hasta que su marido sorprendía a la pareja y expulsaba a la gran bestia parda.

“Un oso que corteja a una mujer puede permanecer sentado en el mismo lugar durante días enteros, pacientemente, sin comer ni beber, con la cabeza inclinada hacia un lado, las patas descansando tranquilamente sobre el vientre y una expresión estúpida de animal completamente enamorado. Las jóvenes encuentran esto irresistible. ‘¡Ay, qué osito tan adorable!’, suspiran entonces, profundamente conmovidas, y el oso —habiendo conseguido exactamente el efecto que buscaba— se pone de pie y avanza torpemente hacia el objeto de su afecto con un ranúnculo arrancado de un prado entre los dientes. Y si además es lo bastante hábil para tejer una corona de dientes de león y colocársela ligeramente torcida sobre la cabeza, ninguna mujer puede resistirse a una visión tan idílica.”

En el pueblo, la gente construye cercas, cultiva la tierra, cría animales domésticos y establece reglas. Irónicamente, se consideran a sí mismos más civilizados, aunque en muchos aspectos son mucho más supersticiosos que los habitantes del bosque:

“Magdaleena palideció y me miró con incertidumbre. ‘¿Crees que fue algún tipo de hechizo? ¿Que nunca debería haber permitido que la serpiente succionara mi pierna? ¡Pero entonces habría muerto, padre! ¡No tienes idea de lo mal que estaba! ¡Padre, di algo! ¿Por qué callas?’

‘Estaba rezando’, respondió Johannes en voz baja, mirándola a los ojos. ‘No tengas miedo, hija mía. No has hecho nada que ofenda a Dios. Por su propia naturaleza, la serpiente es una criatura pecadora, una de las creaciones de Satanás, pero el poder de Dios supera al de Satanás. Él puede servirse incluso de la más despreciable de las criaturas para cumplir sus santos designios. Satanás envió esa serpiente malvada para que te mordiera, pero Dios, en su amor infinito, guió a este joven hasta ti para que pudiera salvar tu vida. Dios obligó a la serpiente a extraer su propio veneno y luego a perecer por él. ¡Bendito sea nuestro Padre celestial!’

‘Una serpiente no puede morir por su propio veneno’, dije. ‘Mordió a Magdaleena por accidente, y yo simplemente le pedí que limpiara la herida. No hubo nada milagroso en ello. Lo único necesario es conocer la lengua de las serpientes.’

‘¡Pero nadie conoce esa lengua!’, exclamó Magdaleena. ‘¡Precisamente por eso es un milagro que tú la hables!’

‘Cualquiera puede aprenderla’, dije suavemente. ‘No es un arte tan difícil. Antiguamente todos la conocían, y ninguna serpiente mordía jamás a nadie.’

Magdaleena se ocupó de poner la mesa, mientras Johannes se sentaba a mi lado y colocaba una mano sobre mi hombro. ‘No imagines que habrías podido aprender la lengua de las serpientes si el propio Señor no te hubiera elegido para ese propósito’, dijo. ‘Dios no quería que pereciera una niña inocente como mi hija, por eso abrió tu mente a la lengua de las serpientes, para que un día pudieras salir del bosque y salvar la vida de Magdaleena.’

‘No sé nada de ese Dios tuyo, ni deseo saber nada de él’, respondí. ‘Fue mi tío quien me enseñó la lengua de las serpientes. Todos la conocen, a menos que la hayan olvidado al mudarse al pueblo.’

‘Si hemos olvidado algo, es porque Dios así lo quiso’, continuó Johannes. ‘Dios no quiere que hablemos con las serpientes, porque la serpiente es su enemiga. ¿Y qué tenemos nosotros que hablar con el enemigo de Dios? En ningún lugar del mundo la gente habla con las serpientes. Créeme: he viajado por el mundo y sé de lo que hablo. ¿Por qué deberíamos seguir siendo los últimos miserables que aún se aferran a las serpientes? ¿Qué podrían tener que decirnos esas pobres criaturas? Creo que deberíamos escuchar más bien a quienes son más sabios que nosotros: a los extranjeros, que pueden construir castillos y monasterios de piedra, cuyos barcos son grandes y veloces, y cuyos cuerpos están cubiertos de hierro que ninguna flecha puede atravesar. ¿Acaso las serpientes les enseñaron semejante sabiduría? No. Ellos aprendieron todas estas cosas gracias a Dios. Fue Él quien iluminó sus mentes y los hizo poderosos, y también nos ayudará a nosotros, si tan solo lo escuchamos.’

A pesar de sus profundos temas, esta no es en absoluto una novela fantástica sombría. El peculiar sentido del humor de Kivirähk—el absurdo estonio—recorre todo el libro en forma de escenas cómicas, personajes grotescos, humor negro y una visión del mundo suavemente sarcástica, pero en el fondo compasiva. Casi todos los personajes de la novela resultan ridículos de algún modo, no porque sean tontos, sino porque cada uno está completamente convencido de poseer la verdad. Esto vale tanto para los habitantes del pueblo que han adoptado la supuesta cultura superior de los extranjeros como para quienes permanecen en el bosque, aferrándose fanáticamente a la antigua visión del mundo mientras inventan cada vez más supersticiones que nunca existieron en las viejas tradiciones, como ocurre con los defensores de cualquier cultura que siente que está siendo desplazada poco a poco. El humor de Kivirähk es profundamente humano: muestra con qué facilidad cada uno de nosotros llega a confundir su propia visión del mundo con la única realidad posible.

“Solo más tarde comprendí que, aunque Ülgas y Tambet odiaban a todos los que se habían trasladado al pueblo, ellos mismos ya no vivían de acuerdo con las antiguas costumbres. Estaban amargados y furiosos porque, ante sus propios ojos, la vieja vida del bosque desaparecía poco a poco. Incapaces de aceptar esto, se aferraron en cambio a misteriosos ritos antiguos y a hechizos imaginarios, buscando la salvación en un mundo de espíritus inventados, mientras despreciaban las palabras de las serpientes como algo común e insignificante. Para ellos, la lengua de las serpientes parecía demasiado débil e impotente, ya que no podía impedir que la gente abandonara el bosque y, por tanto, no servía para nada. Creían que solo la magia y los espíritus podían resolver sus problemas. Pero como las serpientes sabían que tal magia no existía y que ningún espíritu habitaba el bosque, Ülgas y Tambet ya no querían tener nada que ver con ellas. Ni siquiera encontrar al Dragón del Norte habría podido satisfacerlos. Imaginaban que habían descubierto algo mucho más grande, y no dejaban de hablar de sus espíritus y de sus Madres del Bosque, creyendo que de ese modo mantenían vivos los antiguos valores. Nunca comprendieron que, en realidad, se habían alejado de esos valores tanto como la gente del pueblo.”

A lo largo de toda la novela, Kivirähk sugiere que el mundo no es mágico porque contenga milagros. Es mágico porque todavía existe alguien capaz de verlo como algo maravilloso. En última instancia, la lengua de las serpientes no es una lengua mágica en absoluto, sino una forma particular de prestar atención: la capacidad de establecer una relación con el mundo en lugar de intentar dominarlo.

Cuando esa capacidad desaparece, el mundo permanece casi igual en su superficie. Los mismos bosques, las mismas piedras, los mismos ríos. Y, sin embargo, algo esencial se ha perdido: el sentido de la reciprocidad.

La humanidad civilizada tiende a considerar el mundo como un conjunto de objetos: el bosque como madera, el río como un recurso hídrico, la serpiente como un animal peligroso. En el mundo de Leemet, la naturaleza todavía es tratada de “Tú”. No porque su mundo sea más ingenuo, sino porque está basado en otro tipo de relación.

Una de las preguntas más profundas de la novela es, por tanto, qué significa realmente ser humano. ¿Nuestra humanidad reside en poseer y transformar el mundo cada vez más completamente, o en comprenderlo cada vez más profundamente y aprender a dirigirnos a él?

La novela es una poderosa alegoría. Sin embargo, ninguno de sus personajes sabe que se ha convertido en un símbolo. Leemet no pretende representar la antigua cultura; simplemente quiere vivir su propia vida. El sacerdote no busca destruir el folclore; simplemente sigue su fe. El aldeano no desea convertirse en un traidor; solo anhela una vida más fácil.

Los procesos históricos a menudo se convierten en símbolos solo retrospectivamente. Lo que Kivirähk muestra, en cambio, es que, vistos desde dentro, la historia no es más —ni menos— que una cadena de decisiones humanas corrientes, que se entrelazan silenciosamente hasta transformar el mundo.

Vista con los ojos de un historiador, así es precisamente como transcurre la historia. Rara vez las personas se dan cuenta de que se encuentran en el umbral de una nueva era; más a menudo simplemente perciben que el mundo familiar que las rodea está cambiando lentamente.

Cuando escribo sobre monasterios armenios, aldeas svanas o ruinas de Anatolia, siempre me encuentro haciéndome la misma pregunta: «¿Qué significaba este lugar para las personas que lo construyeron?». Mi objetivo es lograr que la lógica interior de un mundo desaparecido vuelva a hacerse tangible.

La novela de Kivirähk intenta algo muy parecido, solo que en la dirección opuesta. No nos muestra ruinas, sino un mundo vivo que está a punto de convertirse en una de ellas. El lector ocupa una posición curiosa: sabe que este mundo desaparecerá, mientras que los propios personajes aún no lo saben. Ese conocimiento crea una profunda tensión dramática. Es como si camináramos por una aldea medieval sabiendo ya que, unos siglos más tarde, de ella no quedarían más que piedras cubiertas de musgo. Sin embargo, sus habitantes todavía siembran y cosechan, se enamoran y discuten. Para ellos, la historia todavía no se ha convertido en historia.

La novela nos recuerda que toda ruina fue alguna vez el presente de alguien. El arqueólogo ve las piedras, el historiador reconstruye los acontecimientos, pero Kivirähk intenta recuperar algo diferente: cómo se sentía vivir dentro de un mundo que todavía no sabía que estaba a punto de convertirse en un recuerdo. Leerla evoca la misma emoción conmovedora que se siente al visitar una cultura en sus últimos momentos, llegando, por así decirlo, en la vigesimocuarta hora antes de su desaparición.

«Mis lecciones con el tío Vootele continuaron. Para entonces ya me había vuelto lo bastante hábil como para que no pasáramos todo el tiempo practicando la lengua de las serpientes. Más a menudo simplemente vagábamos juntos por el bosque, hablando de toda clase de cosas. A veces estábamos solo nosotros dos, aunque Ints también se unía con frecuencia, colgado de mi cuello como una cinta. El tío Vootele nos contaba historias sobre todo aquello que había existido alguna vez y que ahora había desaparecido para siempre. Nos mostraba cabañas cubiertas de matorrales cuyos habitantes habían muerto o se habían trasladado al pueblo, y nos contaba qué extraordinarios ancianos y qué severas ancianas habían vivido allí en otro tiempo. Cien años antes nadie habría podido imaginar que algún día esas cabañas quedarían vacías, con sus paredes derrumbándose y sus techos hundiéndose. Nos abríamos paso entre la maleza y caminábamos entre las ruinas de las chozas abandonadas, donde siempre encontrábamos algo dejado por sus antiguos dueños. A menudo descubríamos hogares enteros: ollas, cuchillos, hachas y cofres llenos de pieles de animales, oro y piedras preciosas. Estas últimas debían de formar parte de los ricos botines obtenidos de los barcos que habían llegado a nuestras costas. Era extraño sostener en mis manos aquellos broches y collares, tesoros sobre los que en otro tiempo había flotado la enorme sombra del Dragón del Norte. Casi podía sentirse el calor de las llamas que habían brotado de la boca del dragón.

Dejamos todo donde estaba. ¿Para qué nos habrían servido las pieles, las vasijas o los tesoros? Nosotros mismos poseíamos todas esas cosas en abundancia, acumuladas por incontables generaciones a lo largo de los siglos. Salimos de las ruinas desmoronadas y la maleza volvió a cerrarse sobre ellas, ocultándolas bajo su densa red de ramas».

El final de la novela es profundamente conmovedor, aunque no trágico en el sentido convencional. Todo no se decide mediante una gran batalla, ni por la derrota de algún villano definitivo. Lo que llega es la comprensión de que los mundos rara vez mueren porque sean destruidos; con mayor frecuencia desaparecen porque la gente simplemente deja de querer vivir en ellos. Eso es lo que hace que la novela sea atemporal. No trata solamente sobre la Estonia medieval, sino sobre toda época en la que una cultura, una lengua o una forma de vida cede lentamente ante un nuevo orden.

«Me he quedado solo con el Dragón del Norte. Llevo cuarenta años siendo su guardián, y yo también he envejecido mucho. Últimamente salgo muy pocas veces. Duermo mucho y sueño. Con frecuencia sueño que vuelvo a ser un niño y estoy sentado en la bodega del tío Vootele, mientras él me enseña las palabras de las serpientes. Entonces, de repente, palidece, cae hacia atrás y muere. Pero yo no tengo miedo. Al contrario, me acurruco junto a él, cálido y tranquilo. El olor del cuerpo de mi tío en descomposición no me molesta en absoluto; al contrario, me resulta familiar y protector. En ese momento suelo despertarme y me encuentro apoyado contra el Dragón del Norte, aunque el olor todavía permanece en mis fosas nasales. Sé que no procede del Dragón, porque él es eterno. Procede de mí, de un anciano.

Silbo unas palabras de serpiente en el vacío —las mismas palabras que una vez me enseñó el tío Vootele— y esas palabras limpian el aire de su podredumbre. Todo lo demás dentro de mí puede descomponerse, pero la lengua de las serpientes permanece siempre fresca. La lengua de las serpientes y el Dragón del Norte, durmiendo tranquilamente.

Así que no me preocupo por nada. Puedo cerrar los ojos una vez más tranquilamente. Nadie perturba mi sueño. Que descansen en paz el Dragón del Norte y el último hombre que todavía habla la lengua de las serpientes».

Las ilustraciones son de Kaljo Põllu (1934–2010), quien, a su manera única, creó una mitología estonia privada a través de su obra gráfica.

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