
Cruzamos el río Mktari desde Avlabari hasta la plaza Metekhi. Hemos estado recorriendo con las primeras luces las calles de Tbilisi y decidimos
unos minutos, reponer fuerzas con una taza de café turco —o, como algunos aquí insisten, georgiano.
Cuando la camarera de habla rusa nos pone delante las tazas bien colmadas, la mía se inclina ligeramente y un reguero de lodo oscuro se escurre por el borde hasta el platillo.
«Ah», dice sonriendo. «¡Señal de un viaje afortunado!»
Músicos callejeros en un paso subterráneo de Tbilisi



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