
apenas podemos encontrar a nadie que hable la lengua del otro lado. Sin embargo, cuando uno se pone a examinar, a vista de hormiga, una zona fronteriza más afortunada, donde ni la frontera ni los habitantes se han movido demasiado a lo largo de los siglos pasados, la experiencia es muy distinta.Quiero ir hacia el norte desde la región más septentrional de Cataluña, el valle de Boí, una de las cunas del arte románico europeo, hasta la región más meridional de Francia, la Alta Garona, a la iglesia de peregrinación de Saint-Bertrand-de-Comminges, que para los habitantes del valle fue, durante toda la Edad Media, el punto de enlace más cercano con el gran camino de peregrinación a Compostela. La distancia desde Castilló de Tor, que guarda la entrada del valle, hasta la catedral de Comminges, es de apenas noventa kilómetros, que se pueden recorrer en una hora y media en coche, incluidas las obligatorias reducciones de velocidad.

La Wikipedia en español del destino, Saint-Bertrand-de-Comminges, nos informa (la francesa no) de que la pequeña localidad se llama San Bertran de Comenge en lengua occitana. ¿Por qué es esto interesante? Porque los habitantes de la localidad, aunque cada vez en menor proporción, hablan esa lengua. El occitano –la lengua d’oc, como la llamó Dante por la palabra oc que significa «sí», frente a su propia lingua de sì–, la versión original del latín de la Francia meridional, ha ido siendo desplazada en los últimos siglos por el francés.
Pero el occitano también se divide en diversos dialectos, desde el provenzal oriental hasta el gascón occidental, este último hablado aquí, en la región de Saint-Bertrand. Este dialecto nos es conocido a todos, pues uno de sus hablantes más célebres fue D’Artagnan, el cuarto mosquetero, de quien, siendo novato en París, se burlaban simplemente por su acento. Los gascones eran magníficos soldados, formaban la columna vertebral de la guardia de mosqueteros del rey y, además, representaban una peculiar mancha lingüística de color en el París del siglo XVII. Otra famosa hablante de gascón no fue nada menos que la Virgen María. Al menos, en 1858 le dijo a Bernardette Soubirous, la pastora de Lourdes en su lengua materna: Que sòi era Immaculada Councepciou, «Yo soy la Inmaculada Concepción», lo cual aún resplandece en el pedestal de su estatua en Lourdes. No es de extrañar, pues, que los lugareños estén orgullosos de su antigua lengua y que, en cada vez más pueblos, mantengan una guardería y una escuela primaria en ella, aunque en Francia no se reconoce oficialmente ninguna versión del occitano.



Al cruzar la frontera española o catalana, uno esperaría oír solo español o catalán. Pero el primer café del pueblo de Bossòst, sobre cuyas calles se cierne el pico del Tuc d’Aubas como el monte Fuji, lleva el orgulloso nombre Er Occitan –El Occitano– y, además, tal como lo marca el peculiar artículo determinado, no en español ni en catalán, sino en occitano.


Y la lengua principal del panel informativo de la iglesia románica del siglo XI del pueblo –cuyo pórtico norte está adornado con el más hermoso relieve románico de la Virgen María– tampoco es el catalán ni el español. Sino otra más, que solo puedo suponer, por falta de competencia, que es occitano. La suposición es correcta, pero no precisa.


En efecto, a unos pocos pueblos de distancia, en la puerta de la iglesia románica de Vila un cartel anuncia los horarios y las lenguas de la misa para los asentamientos del vecino valle de Arán. Incluso la lengua del cartel y los nombres de los días son peculiares. Y en el centro del valle, en la localidad de Vielha –que se llama Viella tanto en catalán como en español, aunque en la entrada del pueblo figure la primera versión–, celebran la misa dominical en lengua aranesa.



El aranés o aranese es la versión del occitano, más exactamente del gascón, o, aún más exactamente, del gascón pirenaico, que, como indica su nombre, se habla en el valle de Arán. Esta pequeña zona, situada al norte de la cresta de los Pirineos pero que sigue perteneciendo a Cataluña, alberga el nacimiento del río Garona. El dialecto de sus habitantes está más próximo al occitano contiguo que al catalán, del que los separa la cordillera. El número de sus hablantes es inferior a diez mil y, sin embargo, es la lengua oficial del valle. Más aún: en 2010 el parlamento catalán la adoptó como tercera lengua oficial de toda Cataluña, además del español y el catalán. Así, Cataluña es el único estado en el que una variante del occitano goza de estatus oficial.

Cruzando la montaña, regresamos al valle de Boí. Esto ya está en Cataluña y, por tanto, podríamos suponer que hablan catalán. Sí, pero ¿qué clase? La lengua que hablan entre ellos en las tiendas y los bares es apreciablemente distinta de la que se oye en Barcelona: es el dialecto ribagorzano, que se habla a ambos lados de la frontera catalano-aragonesa en lugar del catalán o el español oficiales. Aunque el gran lingüista Joan Corominas considere que esta es la forma «más arcaica y más pura» del catalán, habría que cruzar bastantes valles hacia el sureste para oír la versión estándar del catalán.
La lingüística románica enseña que, caminando a través del antiguo Imperio romano desde Sicilia hasta Normandía, cada par de aldeas vecinas puede entenderse. Es bonito ver cómo esto funciona realmente a pequeña escala.



Al cruzar la frontera española o catalana, uno esperaría oír solo español o catalán. Pero el primer café del pueblo de Bossòst, sobre cuyas calles se cierne el pico del Tuc d’Aubas como el monte Fuji, lleva el orgulloso nombre Er Occitan –El Occitano– y, además, tal como lo marca el peculiar artículo determinado, no en español ni en catalán, sino en occitano.


Y la lengua principal del panel informativo de la iglesia románica del siglo XI del pueblo –cuyo pórtico norte está adornado con el más hermoso relieve románico de la Virgen María– tampoco es el catalán ni el español. Sino otra más, que solo puedo suponer, por falta de competencia, que es occitano. La suposición es correcta, pero no precisa.


En efecto, a unos pocos pueblos de distancia, en la puerta de la iglesia románica de Vila un cartel anuncia los horarios y las lenguas de la misa para los asentamientos del vecino valle de Arán. Incluso la lengua del cartel y los nombres de los días son peculiares. Y en el centro del valle, en la localidad de Vielha –que se llama Viella tanto en catalán como en español, aunque en la entrada del pueblo figure la primera versión–, celebran la misa dominical en lengua aranesa.



El aranés o aranese es la versión del occitano, más exactamente del gascón, o, aún más exactamente, del gascón pirenaico, que, como indica su nombre, se habla en el valle de Arán. Esta pequeña zona, situada al norte de la cresta de los Pirineos pero que sigue perteneciendo a Cataluña, alberga el nacimiento del río Garona. El dialecto de sus habitantes está más próximo al occitano contiguo que al catalán, del que los separa la cordillera. El número de sus hablantes es inferior a diez mil y, sin embargo, es la lengua oficial del valle. Más aún: en 2010 el parlamento catalán la adoptó como tercera lengua oficial de toda Cataluña, además del español y el catalán. Así, Cataluña es el único estado en el que una variante del occitano goza de estatus oficial.

Cruzando la montaña, regresamos al valle de Boí. Esto ya está en Cataluña y, por tanto, podríamos suponer que hablan catalán. Sí, pero ¿qué clase? La lengua que hablan entre ellos en las tiendas y los bares es apreciablemente distinta de la que se oye en Barcelona: es el dialecto ribagorzano, que se habla a ambos lados de la frontera catalano-aragonesa en lugar del catalán o el español oficiales. Aunque el gran lingüista Joan Corominas considere que esta es la forma «más arcaica y más pura» del catalán, habría que cruzar bastantes valles hacia el sureste para oír la versión estándar del catalán.
La lingüística románica enseña que, caminando a través del antiguo Imperio romano desde Sicilia hasta Normandía, cada par de aldeas vecinas puede entenderse. Es bonito ver cómo esto funciona realmente a pequeña escala.



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