El principito

Ahmad Mirza, príncipe heredero persa, un año después Ahmad Qayar Shah de Persia, en una postal de 1908

En la sección Objetos encontrados del blog A vajszínű árnyalat hemos hallado esta postal, que retrata al príncipe heredero Ahmad Mirza un año antes de su ascenso al trono de Persia, el 16 de julio de 1909, como Ahmad Shah Qayar, el último soberano de su dinastía. La fecha del matasellos es marzo de 1911, pero esta no es más que un térmmino ante quem. En la colección de Darius Kadivar encontramos también el reverso de la tarjeta —qué tiempos felices en los que bastaba escribir como dirección «al señor Seid Rahim en Teherán»—, que lleva curiosamente otro sello y otro matasellos con una fecha tres meses anterior. Pero también este es solo un ante quem. El quo está impreso con cifras arábigas orientales inmediatamente debajo de la imagen: ۱۳۲۶, es decir, 1326, lo que indica el período comprendido entre el 4 de febrero de 1908 y el 22 de enero de 1909 según el calendario islámico. Durante el reinado de Ahmad Shah, como en todos los tiempos desde la adopción del islam, este era el calendario oficial. Solo después de su derrocamiento en 1925 fue sustituido oficialmente por Reza Pahlaví —en conflicto con el clero y a favor de las raíces antiguas del país— por el calendario persa de origen zoroástrico, también perfeccionado por Omar Jayyam, que contaba en años solares en lugar de lunares el tiempo transcurrido desde la hégira, retrasando así en cuarenta años el calendario del país. Cuando el número de los años ya podría haber compensado la pérdida, su hijo Mohammad Reza Shah trasladó además el punto de partida del calendario al año de la fundación del antiguo Imperio persa, de modo que la emigración proshah escribe aún hoy 2567. Tras la Revolución Islámica —quién sabe por qué— no se volvió al calendario islámico, sino que se fijó de nuevo el punto inicial del calendario persa vigente en el año de la hégira. Produce una impresión extraña leer en la fecha de los periódicos islámicos, por encima del nombre de Alá, los nombres de los doce arcángeles zoroástricos con los que el calendario persa designa los doce meses, o más exactamente, los doce signos del zodiaco.

Ahmad Shah Qayar de Persia en 1909El príncipe heredero —aquí, a la izquierda, ya shahanshah, Rey de Reyes— mira en estas imágenes con esa mirada infinitamente melancólica hacia un mundo accesible solo para él, atributo de una nación fatigada bajo el peso de veinticinco siglos de una civilización altamente refinada. De una nación cuyos propios infinitivos verbales sirven, de un modo sin parangón en otra lengua, para expresar el tiempo pasado, de modo que deben crear un tema verbal separado para expresar el presente. Esta melancolía característica se percibe por todas partes entre los persas. Y no es solo consecuencia de la situación política actual, no es esa «desesperanza que gobierna el corazón de todo joven iraní», como escribe The Labyrinth, o como lo expresa la carta que cita: «con veinte o treinta años ya somos viejos y lo seremos aún más». Pues en las regiones no persas del país, entre los enérgicos kurdos, en el barrio armenio de Isfahán o en Tabriz, habitada por los vivaces torkíes, los turcos azeríes, no hay rastro de esta melancolía que, en cambio, ya había sido observada hace ciento cincuenta años por el gran orientalista húngaro Ármin Vámbéry al llegar desde Turquía a Persia. Y esta misma melancolía irradia de los poemas de Jayyam, Rumí o Hafez. E incluso el predecesor de Ahmad Shah, el rey Jerjes, al inspeccionar su ejército, que superaba en número a cualquier otro antes de la gran campaña de su vida,

se declaró a sí mismo un hombre feliz, y acto seguido rompió a llorar. Artábano, al observar que Jerjes lloraba, le preguntó: «Oh rey, ¿cuán diferentes son entre sí las cosas que acabas de hacer y las que hiciste hace un momento? Pues habiéndote declarado feliz, ahora derramas lágrimas». Él respondió: «Sí, porque tras haber hecho el recuento, me vino al pensamiento sentir compasión al considerar cuán breve es la vida entera del hombre, dado que de estas multitudes ni uno solo estará vivo cuando hayan pasado cien años». (Heródoto, Historias, VII, 46)

Ahmad Shah Qayar de Persia en un selloPero Ahmad Shah —descrito por sus contemporáneos como «un joven en extremo inteligente, muy instruido, con un amplio conocimiento tanto de la cultura oriental como de la occidental, y bien versado en historia, política y teoría económica»— tenía aún más motivos para la melancolía. En Persia, los imperialistas rusos al norte y los ingleses al sur llevaban un siglo compitiendo entre sí por apoderarse de los recursos del país, hasta que en la Convención anglo-rusa de 1907 dividieron Persia en esferas de influencia, obstaculizando cualquier desarrollo desde los tiempos del bisabuelo del shah, incitando a revueltas antigubernamentales a las tribus que componían casi una cuarta parte de la población persa y obteniendo concesiones exclusivas sobre el petróleo iraní descubierto en 1908. En este vacío, desde la década de 1870, los aventureros, necios y agentes más desconcertantes se apropiaron del escenario político y cultural, preparando el terreno para la llamada Revolución Constitucional entre 1905 y 1911, durante la cual el padre del shah fue obligado a abdicar y Ahmad «ascendió llorando al trono». En los tres años siguientes aumentó treinta kilos. Durante su reinado, los ingleses, «por razones de seguridad», ocuparon y utilizaron durante la Primera Guerra Mundial como retaguardia el país que previamente había declarado su neutralidad, contribuyendo a la gran hambruna de 1918–1919, que mató a una décima parte de la población; y luego, al observar el desarrollo gradual de una democracia parlamentaria, convencieron al general analfabeto de la única fuerza militar persa eficaz, los cosacos persas, para que tomara el poder aprovechando la ausencia del shah, que en 1925 había viajado a Francia para asistir a los funerales de su padre. El general instauró su dictadura al servicio de los intereses ingleses bajo el nombre que él mismo se dio de Reza Pahlaví Shah. Ahmad Shah murió cinco años más tarde, a los treinta y dos años, en París.

Ahmad Shah Qayar de Persia en 1909

En el mejor resumen de la historia persa del siglo XX, en su El shahanshah, de menos de cien páginas, Ryszard Kapuściński retrata el reinado de Reza Pahlaví y de Mohammad Reza narrando a partir de una docena de fotografías, desde el sargento cosaco analfabeto que escolta a un prisionero hasta su hijo huyendo de la revolución en el aeropuerto. Siempre me ha fascinado esta narración, no solo por la mirada aguda y el estilo preciso de Kapuściński, sino también por la ingeniosidad del método. Sin embargo, desde que he conocido mejor las antiguas fotografías persas, aunque mi admiración por Kapuściński no ha disminuido, veo con mayor claridad hasta qué punto estas imágenes se prestan a un análisis semejante. En Persia, antes de la llegada de la fotografía, apenas existía una tradición del retrato, por lo que las primeras fotografías no reflejan aquellas reglas seculares, detalladas e inconscientes de composición y clausura que Ernő Kunt señaló incluso en las fotografías de campesinos húngaros. Estas imágenes poseen una especie de espontaneidad mágica, mediante la cual prometen contar algo más profundo y personal sobre sus modelos que la fotografía occidental contemporánea.

Mozaffar al-Din Shah QayarEl abuelo de Ahmad Shah, Mozaffar al-Din Shah Qayar (1896–1907)

Fotografía de Ahmad Shah Qayar en el palacio de Niavarán (Teherán)

Los hijos de Ahmad Shah QayarLos hijos de Ahmad Shah

La figura de Ahmad Shah sigue representando para muchos persas el final del verdadero poder imperial persa, e incluso la emigración monárquica se halla dividida entre el partido qayar y el partido pahlaví. Ensayos, una película romántica (el Shah-e kamoush [El shah silencioso], de Homayun Shahnavaz, 2005), e incluso un blog independiente están dedicados a su memoria; varias familias conservan en sus casas uno de sus retratos oficiales como soberano, y su imagen, acompañada del símbolo del Imperio, el shir o khorshid, aparece también en Persépolis de su lejana descendiente Marjane Satrapi, el segundo mejor resumen de la historia persa del siglo XX.

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah Qayar de PersiaPortada del Illustrated London News no mucho antes de que
los ingleses, para salvar la paz mundial supuestamente amenazada
por Persia, ocuparan el país en 1915
(o: nada nuevo bajo el sol)

Ahmad Shah persa

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah Qayar de Persia

Ahmad Shah, con Reza Jan al fondoAhmad Shah. Detrás de él, con capa, el general Reza Jan, poco antes de su toma del poder

Ahmad Shah Qayar de Persia en el Persépolis de Marjane Satrapi

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