En el año nuevo uno mira un instante hacia el pasado. Y descubre que el pasado lo mira a uno. Esta diapositiva soviética de 1977 predijo a sus contemporáneos cómo viviría una niñita
en el Moscú intergaláctico del siglo XXI, Alicia en el País de las Maravillas.
En el Moscú del siglo XXI vive una niñita, Alicia. Tratemos de adelantarnos en el tiempo y conocer a esta niñita. Quién sabe, quizá resulte ser la tataratataranieta de alguno de vosotros…
Su padre es un biólogo que investiga seres alienígenas; su madre diseña casas en otros planetas. Y la niñita es una moscovita corriente, que, como todo el mundo, guarda en su habitación un teckel, gatos, un erizo y una mantis religiosa marciana; y de Sirio ha recibido una shusha orejuda, una auténtica cheburashka viva, a la que enseña a hablar y a leer en ruso. El sueño más atractivo para quienes, por entonces —quiero decir, no en el siglo XXI, sino en 1977— crecimos con Gerald Durrell y el Dr. Dolittle —Doktor Aybolit—, teníamos los mismos deseos y nos preparábamos para ser exobiólogos en el siglo XXI, si es que alguna vez llegaba a existir tal siglo.
El padre de Alicia —el profesor Selézniov— es el director del zoológico de Moscú, donde estudia los animales de la Tierra y del cosmos
Sí, algo así...
Sin embargo, si uno mira hacia atrás cuarenta años después, en este siglo XXI alternativo no son los animales alienígenas lo más interesante, ni siquiera las ciudades de ochenta plantas. Y ni siquiera el gran sueño que se cumplió con la producción de naranjas y plátanos en el koljós de Podmoskovié (aunque probablemente sería más rentable traerlos en cohete desde Tau Ceti; pero, aun así, ¡son nuestros!). Sino el hecho de que, pese al decorado astronauta, en la vida cotidiana no ha cambiado nada: todo sigue como en 1977. Igual que en las postales de hace cien años que soñaban con los años 2000, la vida en el feliz tiempo de paz transcurre entre los decorados de Julio Verne. Ni siquiera me atrevo a considerar cuán irremediablemente anticuados encontrarán las imágenes y el estilo de vida de Star Wars en el periodo en que transcurre esa epopeya.
Quizá solo una cosa ha cambiado de verdad: el aspecto de los científicos. En lugar de los típicos jefes de instituto aparátchiks, alcohólicos y de cuello grueso, de los arrogantes y serviles profesores de la época tardía de Brézhnev, para el siglo XXI por fin todos los científicos han adoptado expresiones inteligentes en el rostro, que delatan un interés real y competencia en su materia. Y, aunque solo fuera por esto, valió la pena esperar a este maravilloso siglo XXI.






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